contema ochenta

Apenas abría la mañana y la Marquesa Q. se despertaba con la desazón de tener que decidirse por el favorito de entre sus doscientos pares de zapatos antes de partir. No pudo, con la amargura de esa responsabilidad, siquiera disfrutar de la calidez del desayuno servido junto al nuevo mazo de rododendros. Después de azotar convenientemente a sus dos lacayos por no haber limpiado a conciencia un reposapiés siguió con la misma duda.

Respecto al Mariscal R. su ánimo se debatía en despachar debidamente un par de cartas que decidirían, tras su partida, tres o cuatro asuntos de su incumbencia –la merecida ejecución de un desertor, el desahucio de los bienes de un plebeyo, el destierro de un consejero que solo se debía a sí mismo, a su moral personal–. Le era especialmente penoso tener que dictar palabras especialmente razonadas a una caterva de escribanos que solo libraban cada día la batalla oscura de la supervivencia.

En cuanto al Senador S. no supo cómo evitar el trato desabrido con sus electores, con los que tenía que rendir cuentas (en sentido figurado, claro) antes de su marcha. Se armó de valor para elaborar un discurso decididamente sencillo, pero que penetrara en discernimientos más simples aún. La masa se vislumbraba estéril y caduca a sus pies. Necesaria para elevarle en su puesto, pero inútil a la postre. Dedicada a sus básicos quehaceres de alimentarse con la solicitud o con el lamento.

Cuando se encontraron, al final de la jornada atroz, en la kermesse que los despedía, liberados ya de sus ahogos y sus inquietudes, difícilmente podían explicarse qué los había traído a ese punto. Recortadas contra el sol del ocaso, figuras tan dignas como ellos se desperdigaban tras la mesa y los víveres del festín, recogían lo exiguo de sus pertenencias y se encaminaban hacia su destino, sin mirar ni por un instante a sus espaldas.

Todos se iban, definitivamente, a la mierda.

 

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema veinte de la tercera serie.
Anuncios