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Johannes Brahms | 7 de mayo de 1833

No sé la razón ni el sentido por los cuales cuando escucho los primeros compases de una sinfonía de Brahms el verano entra por ese que escucha y que ha estado escuchando durante diez, veinte, treinta años su obra. No solo es esa maravilla de síncopas descendentes del alegro inicial de la Cuarta, interrogando y al mismo tiempo helando la sangre, mientras imaginas las copas de los árboles alzarse sobre el recuerdo y el olvido de las cosas.

También en los timbales del inicio de la Primera (¿qué están marcando: el tiempo que ha pasado, el que queda por recorrer?) se reconoce, atardecido por la juventud y la melancolía, ese pulso de las hadas, el muñeco del destino que ya habían vestido Beethoven y Mendelssohn en otras tardes, pero quizá en la misma, esa en que Keats también siente la agudeza del ruiseñor, de la eternidad del mismo canto en distintos individuos:

Forlorn! the very word is like a bell                                                                                                                               

To toll me back from thee to my sole self!

[Abandonado. La palabra es como una campana                                                                                                    

que desde ti me lleva a mi propia existencia.]

Quizá es que Brahms resulte de verdad uno de los escasos, íntimos compositores ‘románticos’ de su centuria (acaso con Chopin en el piano), bajo esa levita oscura que lo retrata de clasicismo continuador, pero fiel siempre a la expresión de uno o varios sentimientos como guía o luz en medio de un valle sin fondo que se pierde, vaya uno a saber, en la infancia, en el deseo de algo imposible o en la desazón de todo.

Por eso resultan enternecedores los versos del poeta –y melómano—José Hierro  cuando se detiene en el desastre personal de la indecisión del gran Johannes y lo dibuja torpe, enganchado mecánicamente –en su persecución de Clara– a un tren del que nunca se bajará, porque bajarse sería también como abandonar de alguna manera el verano, la síncopa, la acción del sentimiento, para desembocar en la tracción, en el abandono del pájaro olvidado y nocturno, en solo la nostalgia:

El viejo Brahms es viejo, y está gordo.                                                                                                                          

Me he quedado dormido y me he pasado de estación.

 

Nota clara y sincopada:
Alejado de cualquier tormenta veraniega, me resulta curiosa esta biografía voluntariamente infantil de la perseguida Clara Wieck (https://www.allegromagico.com/clara-schumann/ ), autora de este fascinante y calmoso Trío: