contema ochenta y cinco

El arte consiste, sobre todo, en que se hagan notar los hilos. Que nadie advierta tu sustitución en aquel espectáculo, hace ya los años de tantas funciones, gracias a los pliegues oscuros de tu rostro, proclives a la mueca, gracias a tus contorsiones forzadas, esas que se gestan en el desdén y el olvido.

Sobrevivir al aplauso ajeno, el que propinan a la pareja que te pasea por el escenario de cartón piedra, atravesar mares y océanos entregado a la sombra, las piernas contra la frente, alimentándote de lo pequeño y de lo roto.

Que cada día puedas resistir a la inspección concreta y emocionada de los niños, al recuerdo y la ternura de los adultos, a los crepúsculos poblados de caras que ríen o que lloran.

Y así sigues, sometido a la usura del tiempo, mendigando el sol y la luna de las plazas, la luz artificial de los teatros, el arrobo milagroso de los colegios y los jardines en que se detiene la infancia.

¿Podré?, te dices, mientras el resto se conforta con su silencio original, colgado frente a ti, en sus formas de payaso, caballero o dama agraviada. ¿Podré?, te preguntas, mientras –arriba– las manos y las voces te atraviesan del aire y tienes que salir, y tienes que dejarte llevar otra vez por la singladura del cordel, acompasando tu boca con la de ellos.

Pero no, no ha de faltar tanto.

 

 

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema veinticinco de la tercera serie.