Calendario fm|al 2019

 

 

Krzysztof Kieślowski | 27 de junio de 1941

relación si la hubiere, que diría uno de los fantásticos personajes del Amanece que no es poco (el primero, el original de 1989) de José Luis Cuerda. Con pocos cineastas (tal vez Dreyer, entre los más conocidos) nos las vemos más con lo Superior y sus adyacentes como con Krzysztof Kieślowski. Nos remite al hecho de que las artes y la literatura han producido ejemplos muy atractivos de ‘acólitos’ del hecho religioso: Chesterton, Hopkins  (¿el propio Joyce  como propagandista inopinado de los Jesuitas?)… Pero en concreto el cine no es muy dado a formulaciones teológicas, no digo ya a la especialidad de retratar a tal o cual personaje religioso, sino al fondo de la duda, de la desazón, del de dónde venimos y el a dónde vamos.

Kieślowski, desde su ‘ateísmo creyente’, desde su duda plantada en cada metro cuadrado de personaje, se atreve a ensartarlo todo con la religión, con ese vínculo, más o menos mágico, que parece seguir existiendo entre el Creador y su criatura. Pero más que sermones o epístolas nos deja perlas de las consecuencias de ese reflujo entre mental y sentimental en quienes pisan hoy el planeta. Algo de eso hay en el Decálogo –con piezas magistrales, como ese homenaje al Hitchcock de La ventana indiscreta en No amarás (Krótki film o miłości, 1988)— o en la trilogía Azul, Blanco y Rojo (1993-1994), con un sentido de la omnisciencia que hace desfilar a los personajes (la compositora casada con el falsario, el peluquero acomplejado, el juez que quiere ser parte en todo) como si fueran marionetas de un destino del que parecen reponerse con cada acto de humanidad, como si la falla o el pecado a la vez los liberase (la decisión soberbia en Azul, la venganza en Blanco, la curiosidad malsana en Rojo).

Buena parte del éxito de su filmografía (que por cierto noto en algún visionado envejecida en cuanto a fondo y contenido después de una juventud de idolatría absoluta…) se apoya en las inextinguibles bandas sonoras de Zbigniew Preisner y en una fotografía que siempre es definitiva –ya desde el propio Decálogo o La doble vida de Verónica (1991)–, como la paleta de un impresionista o la estrofa de un simbolista.

Me quedo con el optimismo humanista del director (¿del mismo matiz que el de Wenders o el de Kaurismäki?): ese que, en un plano secuencia aparentemente insignificante y famoso de Azul, sigue haciendo verter a una anciana su botella de vidrio en el contenedor adecuado (qué poco ha utilizado por cierto el ecologismo este homenaje). Como si todo fuera –entonces, todavía– posible.

 

Nota escéptica:
Menos conocida pero más genial es esta ‘peliculita de tesis’ de 1980, Caras parlantes, donde ya proclama su autor ese humanismo suyo (los subtítulos son fácilmente activables):

 

 

La trilogía Tres colores es precisamente el eje central de los ‘Cinemas’ de Museo de bellas artes, otro de los poemarios que compondrán p.  Aprovecho esta entrada para agradecer los cumplidos desencadenados por su publicación anterior, como ‘flor’ del Calendario, justo aquí:

 

Tres colores