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El hambre en el bosque de W. (3 de 3)

 

El bosque de W. tiene pocos amigos entre quienes lo recorren. Los seres que menudean su entraña renuevan cada amanecer el voto de su supervivencia con los árboles y las nubes, pero quienes lo atraviesan anochecen esquivos entre sus sombras, atados al peso de algo que no se define ni se nombra. Así debió de suceder con el emisario de F., una vez cebado (para que no cayese en la tentación de masticar) y abandonado por quien le había confiado su mensajería en la vereda que bordeaba el bosque.

 

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