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Un hambre inmensa, sin proporción casi, estaba estragando a Poe. Le atacó sobre todo desde que terminó de escribir el relato del bosque maldito de W., que buscaba precisamente a los hambrientos entre sus víctimas. Un apetito que era la mejor prueba, sin duda, de que mejoraba en su condición física desde que London lo rescatara de la muerte. Pero la cecina mostrenca y la salazón de bacalao que le servía el ingeniero desde sus infalibles conductos, salpicada con los jugos y las salsas más diversos (que llegaban por el mismo colector tubular del menjunje que hacía las veces de whisky), habían anochecido su paladar, y en esa melancolía del gusto se hallaba cuando decidió hacer su primera excursión al exterior, fuera de toda norma…

 

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