Calendario fm|al 2019

 

Berenice Abbott | 17 de julio de 1898

En Estados Unidos –imagino que como en cualquier lugar del mundo— uno nace en la dificultad de una familia, desarrolla una infancia y una adolescencia difíciles y puede devenir en el último de la más larga serie de asesinos en serie… o en la primera, en la pionera de las fotógrafas con conciencia de serlo como una artista dedicada a ello: Berenice Abbott.

Abbott ve, en efecto, un lienzo en cada fotografía. Pero uno que descansa en la geometría, en el absurdo aparente de la matemática y la perspectiva, en la crueldad de negar a la mujer y al hombre a base de prodigar el infinito. Discípula de Man Ray (que le enseña la fidelidad a un modelo, pero también su abstracción), es testigo de contradicciones, de ciudades que cambian para seguir siendo la misma inabordable, ciega forma de habitarlas. París le desvela Nueva York, que a su vez vuelve a darle la exacta medida de París…

Luego prueba con maestría el retrato. Y lo borda. Atrapa en una gasa de grises y negros lo que vienen callando tantos personajes que hoy son (re)conocidos y antes –en ese antes suyo de premeditación espontánea— estaban solo aureolados de las volutas de su proyecto:  Cocteau y su pistola de palabras, el pirata Joyce en la pose melancólica y el spleen de un Dr. Gachet o la imposible serenidad de Djuna Barnes.

      

La vida le –y nos—regaló muchos años. Y entonces, ya muy avanzada en su edad, descubre lo que ella vino a denominar la fotografía ‘científica’ (¡se ha abusado tanto de esta etiqueta suya!). Cuando –sospecho– solo quería dar otro nombre a toda la poesía que con su obra estaba continuamente revelando, definitivamente envuelta –para la vida y para el arte– en papel fotográfico.

 

Nota poco científica:
Existen referencias múltiples a la fotografía de Berenice Abbott en la videored. Este que coloco aquí es un completo audiovisual.
Con esta entrada, se avanza en el Calendario (ya era hora) y se inicia un póquer de creadores estadounidenses que se completará lo más pronto que sea posible con Melville (sobre el que ya se publicó esta flor), William Carlos Williams y Sylvia Plath.