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La señorita R. cumplía desde hace semanas, puede que meses, con un único cometido. Comprobar si desde todo el campo de visión auspiciado por su ventana en una mansarda de Fell’s Point era divisable la figura del señor Poe. El propio London le había entregado un daguerrotipo del escritor que Miss R. guardaba en una caja de galletas de jengibre como si fuese la efigie de un deudo. Al dorso podían leerse anotaciones del propio ingeniero, como la altura estimada, el color habitual de las ropas o si era propicio que Poe llevara o no un bastón.

De modo que a esa misión vino a encomendarse desde que se alivió con un mínimo almuerzo que le servían en su doméstico puesto de vigilancia, para que no se moviera de él. Y mediada la tarde, con un rayo de sol hilvanando su falda de cadencioso moaré negro, pudo observar, por primera vez en muchos días, una sombra primero, un aire después y, finalmente, precipitadas sobre President Street, las hechuras de un gabán que solo podría ser el de Edgar Allan Poe.

 

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Nota o pastiche de nota: aprovecho estos días y lo propicio de este folletín para proponeros tres capitulillos seguidos de Poe no ha muerto y, sobre todo, presentaros nuevamente ese proyecto de generosidad y publicación que es Masticadores.