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Cualquier paseante de President Street, allá donde limitaba con la mansión elegida por London para el cautiverio de Poe, en aquella tarde de jade plomizo, podría haberse cruzado con la figura pretenciosamente atildada del ingeniero, la belleza macilenta de Miss R. –entregada a su sinuosa delación— y el propio Poe, cuya comprensión del momento no ocultaba las heces de su frustración, apagada, como el pábilo humeante de una vela, entre la soledad del gabán que regresaba a la esclavitud de su sótano.

Allá volvió a su recado de escribir, libando como un insecto oscuro de la poción que London le surtía desde el laberinto de cañerías que lo enjaulaba, espíritu solo libre y navegante en la noche de sus pensamientos. Allá puso palabras a la historia del revendedor de cadáveres. Un señor Haydon, funerario, que rentabilizaba al máximo su oficio.

 

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