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Los hay húmedos y reducidos como el estómago de una ballena, pero también amplios y laberínticos, como formando en el nivel más bajo otra arquitectura más silenciosa de lo de arriba, menos entregada a la prisa y el cumplido de recibidores y vestíbulos, más servidora de la bodega y el sostén de las cosas.

En uno hay un turno que se reparten veinte o treinta hombres cada mes, con ropas negras y escapularios, amontonando odres de melaza; en otro media docena de operarias cosen esas vestimentas. Los hay oscuros y densos como un éter líquido, que emborracha de tristeza y desamparo: ahí vive la tormenta de cada hecho superior, como si fuera su raíz, y el movimiento sinuoso y descendido de mercancías y seres se correspondiera en lo más alto con el crimen y la usurpación.

 

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