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Herman Melville | 1 de agosto de 1819

Érase un escritor que pergeñó una enciclopedia de todas sus obsesiones y la llamó ‘Moby-Dick’. Después del estrafalario y siempre brillante Sterne con su ‘Tristam Shandy’ nadie había acometido la empresa en inglés de rozar su novela con todo cuanto se le antojaba intelectualmente interesante. Porque lo de la ballena perseguida acopia filosofía, teología, antropología, ciencia –entre otras disciplinas– y, por supuesto, literatura. Capítulos enteros –muy lejos de las mutilaciones infantiles que solemos conocer del relato– con digresiones sobre el aceite de ballena, la blancura o la fe, dignas del Covarrubias  que escribe la entrada elefante en su tesauro, dispuestas concéntricamente, siempre en torno de esa zona cero del libro que es el cetáceo, como suma del Bien y del Mal, del Deseo o del Desdén, del Principio o el Fin de todas las cosas.

Aunque su novela-ballena se hizo bandera del trascendentalismo más oscuro, no constituye ni una décima parte del interés sobre Melville, sobre todo del interés contemporáneo, que emerge directamente de una figura verdaderamente oscura, de un agujero negro entre los personajes narrativos: Bartleby. Un escribiente díscolo que, en la novelette de mismo nombre y oficio, se hace símbolo universal de la desidia de raíz filosófica, existencial. Su ‘preferiría no hacerlo’ preludia un estilo de insumisión personal en la que después indagará buena parte de la mejor literatura norteamericana, desde el relato de Carver hasta la novelística de Salinger, cuyo Holden Caulfield (protagonista de The Catcher in the Rye) es en su negación y piratería social un adolescente y sinuoso Bartleby.

Tampoco fue este relato el único de Melville, que, además de la poesía, menudeó el cuento más o menos largo o la novela corta con genialidades como Billy Budd (de tema también marino, aunque menos existencial), Benito Cereno o delicias como el cuento que por acá se traduce como El vendedor de pararrayos.

Sin embargo la sensación es que Melville, además de detrás de sus barbas, siempre permanecerá a la sombra de aquella ballena y su pesca –o lo que fuese– que tuvo en él a su cronista, o mejor: a una extraña suerte de evangelista.

 

 

 

Nota cetácea:
Impresionante y monumental cual ballena este artículo de la interesante El Cuaderno Digital:

 

Moby-Dick: El mar como espacio metafísico 

 

Entradas atrás quedaron estas dos sobre Bartleby, por si queréis inspeccionarlas:

 

El canon del no
Anatomía de la melancolía

 

Y esta flor sobre la ballena:

 

Ballena-poema

 

Si queremos aprovechar bien un minuto y pico, una de las mejores formas es visionar este clip de Vila-Matas, exégeta de Melville, del Bartleby y de la Ballena:

 

 

La ilustración es de Rockwell Kent, uno de los mejores ilustradores balleneros. La cubierta es la de la famosa colección de Siruela apadrinada por Borges, otro de los máximos responsable de la valoración en nuestros días de Melville.

 

Esta es una de las entradas atrasadas del Calendario. Ya queda menos…