contema ochenta y ocho

                                                                                                        Para Tana

 

Nada más acabarme en los estertores de la tisis, apenas con la imagen en la retina de un buen amigo retirando de las pavesas mis escritos, ya me las tuve que ver con mi nuevo estado. Una pata, dos, tres, cuatro. Un perro. Y ahora a vivir moviendo la cola delante de la gente, esperando la propina de su alimento, requiriendo su cuidado para aliviar mis necesidades.

Los primeros meses fueron más trágicos que cualquiera de mis relatos, más desquiciantes que cualquiera de mis novelas, por muy inacabadas que puedan estar. Hasta la respiración, disfrazada de un jadeo insoportable, me parecía atroz, peor incluso que en lo más malo de la tuberculosis. Quería emitir una opinión y me salía un ladrido. Suspiraba por hacerme con un periódico y todo lo que ponía era una zarpa en los muslos de un asustado lector. De lo de intentar pergeñar una carta al director con cuatro almohadillas con uñas y un espolón inhábil por mano no me atrevo ni a referirme.

Cierto que perdí esa conciencia de la prisa, que mi jornada se reducía a dos platos diarios, un par de salidas para orinar y defecar, el rumbo de una pelota que me aburría tanto como maravillaba a mis dueños… Tuve suerte con ellos: un culto matrimonio belga afincado en Praga, muy cerquita del castillo, que admiraba y coleccionaba mucho toda mi obra anterior —cuántas veces imploré a algún dios el poder agradecérselo—, cocinaba bien las quiches y las fondues y dejaba muy buenas sobras en mi escudilla.

Me exasperaban todas sus conversaciones, que no podían terminar sino con mi confinamiento en una medio jaula —y con un bozal— cuando me decidía a terciar apasionadamente en tal o cual cuestión primordial para Checoslovaquia. Me diluía casi entre las mesas de los cafés, viendo solo las piernas y los zapatos de hombres o mujeres que proferían o se emocionaban.

Mi único vínculo con la vida era la noche. En la noche me sumaba al descontento de los animales y nuestros sueños eran las pesadillas de la caterva de las personas. De la noche emergía profundo y libre, para seguir muriendo, sin otra cosa, como un ser más.

 

 

 

© félix molina, del texto y la fotografía
Nota: se trata del contema veintiocho, penúltimo de la tercera serie.