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Como recapitulación y guía del folletín, os enlazo los capítulos que siguen al último anunciado por aquí. También esta breve sinopsis, para quien se haya perdido:
Poe –salvado de su muerte por el ingeniero Alexander London– tras el simulacro de su entierro se dedica a escribir breves relatos que sirve a su salvador, oculto en un sotano de Baltimore mientras vive a base de un bebedizo que le llega por una urdimbre de cañerías. En la secuencia de estos relatos, se nos informa de cómo va percibiendo este refugio como un cautiverio. Descubre que la puerta no es impedimento para salir de él cuando quiera y uno de sus paseos es interrumpido por una misteriosa joven, que luego reconoce como la lectora de London. Antes de ser descubierto mientras observa una de sus lecturas, Poe desciende a su sótano para seguir escribiendo. 

Poe busca a London (‘Poe no ha muerto’, 12)

Edgar Allan también quiso explorar las alturas para salir de la esclavitud del sótano de London. Abandonó la estancia donde el ingeniero lo atiborraba de un elixir que lo sumía en un delirio fiel a la voluntad de su salvador –muchas veces lo pensó una droga, otras tantas lo dejó de beber para no ser conducido–. Y además de la calle también se atrevió a subir las escaleras del edificio de dos plantas que era como la torre de su cárcel.

Descansillos cerrados, con cada nivel enclaustrado por una puerta y una cerradura. Pero con la llave puesta en cada puerta de cada tramo, como si su caprichoso diseñador quisiera endulzar la amenaza de la cerrazón con la invitación de la llave. Poe no se interrogó más sobre el asunto: giró la llave de los descansillos con el ansia de encararse con London, al que no veía desde las horas previas al simulacro de su muerte, salvado el equívoco instante de la reunión que acabó con su escapada vespertina. Iba rumiando en cada tregua de los escalones las preguntas del encuentro […]

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London escucha (‘Poe no ha muerto’, 13)

Poe, al otro lado de una ventana que ahora se llena con gotas de una lluvia finísima, desde la atalaya del último descansillo, mueve la mirada por cada uno de los rincones de la habitación de London. De London habitando el espacio y el tiempo que también ocupan estanterías con libros descabalados, tubos de cañería de diferentes anchuras que le confieren al lugar el aspecto del cuarto de máquinas de un buque, alfombras donde descansan botellas y… más libros.

Pero Poe también observa que London no lee. Escucha. Su gesto, que parecía hace un rato el de una cabeza inclinada hacia unas cubiertas que descansaran sobre sus muslos, es el de un hombre que pierde la mirada en el suelo como si la extraviara en el infinito. Y escucha. Poe no puede distinguir quién le habla pero sí los ligeros balanceos del cráneo apenas despoblado, como si fuera el más extraño fruto que pudieran mover unas ramas. Adivina un individuo atento, pensante, un degustador aferrado a la butaca de paño negro, gastado, que apenas se entretiene en respirar, tomando aire más bien de las palabras y del tono de lo que escucha […]

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A la luz de una bujía (‘Poe no ha muerto’, 14)

Poe recuerda. Cuando se encontró por vez primera con la mujer que le leía a London, ya tuvo una vislumbre de aquel rostro. Era, macilento pero igualmente bello, el de Marie Rôget. Pudo percibirlo cuando la mujer lo atrajo, en medio de President Street, y lo apartó de su deambular incierto, de su simulacro de libertad por las calles que London había destinado para sus paseos, como los pasillos y las celdillas de una privilegiada criatura de laboratorio. En el ardor de su imaginación, vio a la joven estanquera igualmente rescatada por su dueño y salvador, un London que la arrebataba en el último momento al marinero asesino sobre el lomo frío —de un negro profundo, cetáceo— del Hudson. A medias escondido por los reflejos del cristal y por la noche que ahora estaba obligando a la joven a acercarse a una bujía para continuar la lectura, Poe pudo distinguir, todavía más claros, los rasgos. Era ella. ¿Bajo qué urdimbre la había atrapado y era otra servidora más del ingeniero? ¿Qué forma de esclavitud era la suya?

A punto de encontrarse con su mirada, desde el otro lado del cristal, Poe se agachó, limitándose a acercar la oreja a la puerta de la estancia, como el mal remedo de un criado de ópera bufa. La voz de la lectora seguía fluyendo, como si hubiera tomado vida propia y, con la sustancia de un ave, revolotease por encima de la bujía ardiente hasta llegar a los oídos de London. Y a los suyos. Estaba terminando la lectura de El revendedor de cadáveres Haydon, la pieza que había hecho llegar al ingeniero la noche anterior […]

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