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Fiódor Dostoievski |  11 de noviembre de 1821

(Photo by Elizaveta Becker via Getty Images)

 

Contamos con el mito ese de que a lo mejor un día, no se sabe cuándo, alguna civilización –o lo que sea—dará con los restos de la nuestra y querrá conocer (si es que hace del conocimiento de lo otro y lo anterior algo útil) prototipos de nuestra humanidad. Pues si eso es así, una manera amena y exhaustiva de ponerse al día  es leerse la –a mi juicio—pentalogía de Fiódor Dostoievski: Crimen y castigo, El jugador, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov. Y si sucede que el vehículo que le traiga por acá tiene sus limitaciones de estacionamiento o es un subalterno y su jefe está tocado de la misma genialidad que los de nuestra actual civilización, mi consejo es que se lea al menos Crimen y castigo, uno de los monumentos de eso que hemos dado en llamar novela.

Como cualquiera de las novelas citadas de Dostoievski, esta obra consta a) de un revoloteo de personajes y situaciones que, como en una gigantesca colmena, nos ensordecen con su murmullo, a lo que podemos llamar sociedad; b) una voz que viene siempre de dentro y que va apagando, como un viento poderoso, el resto de tramas, subtramas… y que llamaremos persona o individuo. La tensión siempre nos atrapa entre lo que una va concediendo y el otro niega, y viceversa. Hacia el final de la novela la sensación es la de estar ubicado en el centro de un vórtice y desear cualquier escape posible de esa ventolera, aunque sea el más funesto.

La conciencia (Crimen y castigo), la ambición (El jugador) o la bondad y la perfección (El idiota) nos parecen, pasado el ecuador de cualquiera de estas narraciones, una excusa más, como el cuchicheo de los personajes o lo inoportuno del frío y de la Historia, desembocándonos a uno de los entornos más hostiles para el lector que puedan verificarse en la literatura universal: una experiencia que termina, irremediablemente, haciéndonos dudar de nuestras interpretaciones, como si la gran verdad del mundo que se nos va mostrando bajo la apariencia de un asesino de viejas o un petimetre se estancara en la mentira de nuestras percepciones, en ese caldo en que acaso nos perdemos para ser, una vez más, un nosotros.

 

 

Nota-vórtice:

 

Como toda gran obra, la de Dostoievski está sometida a la constante interpretación, recreación y toda suerte de apropiacionismo. Es muy recomendable seguir ese hilillo, porque después vuelve uno con más ganas si cabe a la fuente original, como si cada novela se estuviese reescribiendo de hecho ahora mismo. Y siempre. Podemos empezar por las propias versiones novelísticas, como el Under Western Eyes (Bajo la mirada de Occidente) de Conrad (1911), escrito desde la desafección por Crimen y castigo, pero también como respuesta a esta novela. De Dostoievski se han hecho óperas como De la casa de los muertos (Janáček) o El jugador (Prokofiev), pero me quedo con las adaptaciones cinematográficas incesantes y, entre ellas, la de El idiota de Kurosawa (1951) o la delicadeza de Una mujer dulce (1969), del gran Bresson, que versiona uno de sus cuentos cortos.

 

No obstante, la película cuyas sensaciones tengo más presentes es la hermosa La mujer con los 5 elefantes (Vadim Jendreyko, 2010), todo un hallazgo que narra la empresa de Svetlana Geier al traducir los cinco títulos de los que habla esta nota.

 

 

Como un pastiche nació ‘El alfabeto ruso’, uno de los cuentos que integrarán Sagradas escrituras, y que se centra en una fantasía sobre el periodo vital donde el escritor se ocupa de Crimen y castigo y El jugador, y su desencuentro con el editor Stellovski (Jesús Ferrero lo cuenta todo muy bien aquí.) Le dedicamos esta ‘flor’ de Calendario:

 

El alfabeto ruso

 

La segunda de las ilustraciones sobre Dostoievski me llega de este curioso artículo sobre una relación impensada:

 

Dostoievski y Munch

 

A  Munch le dedicamos por cierto la última entrada de Calendario de 2015.

 

A esta entrada de hoy seguirá mañana mismo la de Górecki y luego la sorpresa del nuevo Calendario 2020…