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Claudio Rodríguez | enero, su poesía

 

La telegrafía menuda de las aves, la paz que lleva en su seno una tormenta, las distintas camisas de un cereal, el abandono del vino y de la fiesta… Claudio Rodríguez vino a plantar un nido de los de aquella Generación del 98 en el pecho de una España que no dejaba de agonizar en los 50. Pero no nos engañemos: el país y el paisaje que le duelen a su poesía es el de nosotros mismos, captados en una desnudez que es también un destino.

Se le puede leer –a medias entre un A. Machado beodo y un A. Rimbaud sereno— gozando de la gloria de ser pero sufriendo la culpa de estar siendo. Su canto es una recreación de la vida que cree, esa que –sobre todo– vive, agitada como la nube incesante, parece que perdida, de las hormigas.

Versos humanos, a pesar del grano de la espiga. En 1965 bosquejó, y ya para sus lectores de toda la historia del mundo, este preciso gorrión:

No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio el aire a los muertos
este gorrión que pudo
volar pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Y cuántos gorriones –que no eran pájaros–, oscuros y sobrevivientes, tuvo que observar hasta fijar este en el papel que también (y tan bien) los retrata.

 

Claudio Rodríguez, poeta, nació hace 86 años, el 30 de enero de 1934 –la fecha de su muerte, como la del resto de quienes desfilarán por este Calendario, ya no cuenta–. Puede leerse su Alianza y condena (1965), de donde procede el poema de arriba, o su Poesía completa, que publicó Tusquets (2001).