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Sigue de ‘Poe no ha muerto’ en diciembre  

La trama y los cuentos de Poe no paran: Edgar Allan descubre una presencia conocida en el puerto de Baltimore. Nos enteramos de un filántropo que se vuelve misántropo por la inminencia postergada de cierta visita. Poe se da perfecta cuenta de quién era el portador de un fardo en el puerto –de una curiosa coincidencia física con el inefable Valdemar– y cuáles son sus fines.

Poe, el puerto, un fardo (‘Poe no ha muerto’, 18)

A Poe, después de haber pasado casi un año como el prisionero favorito de London –aquel ingeniero que le salvó de una muerte dipsomaniaca—, le gustaba especialmente prolongar el simulacro de sus paseos en libertad con una visita al puerto de Baltimore. Desde la President Street ya iba sintiendo la inminencia de los veleros y el lustre del palo de las mesanas recortado contra el horizonte ceniciento. Cuando la calle se bifurcaba hasta desembocar en el Inner Harbor, alimentaba sus sensaciones con la algarabía de los cargadores y el rumor vigilante de las balandras, sazonadas de intrigantes y de agentes de la ley.

Había aprendido en todo este tiempo a sortear el acecho de la joven que se parecía a Marie Rogêt y a toda la turba de acólitos que remaban en el mismo barco de Alexander London. Los evitaba con la habilidad de un espíritu, refugiado en el negro gastado de su gabán y amigo de las sombras y los juegos de la luz del crepúsculo. Y todo en ese aire umbroso le decía que aquella Marie había cruzado alguna que otra vez, en una esquina o en un pórtico, sus ojos con los suyos, acaso como señalando con esa mirada su licencia para un paseo más prologado.

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Un horror postergado (‘Poe no ha muerto’, 19)

La mañana posterior a su cumpleaños, Mr. Wilson, varias veces millonario, amaneció con un miedo acrecentado por su soledad: no le bastaba con la desazón de ser el único habitante que frecuentaba la florida esquina de Rounded Street, en la ciudad de C., presidiendo el horizonte desde una mole de dos plantas columnadas que remedaban varios estilos de la antigua Grecia. A esa inquietud unía la percepción de una visita inminente y, con toda seguridad, fatal. No sabía si ese presagio tomaría la forma de un viajante comercial, la de un amigo de la infancia o la del lechero. Ese visitante acabaría con su vida, sin más.

Por eso dedicó toda la mañana y parte de la tarde, y aun de la noche, a anular todos sus compromisos futuros: un filántropo que le requería para rememorar vagas hazañas; un periodista que buscaba interrogarle (entrevistarle, solo entrevistarle, le repetía una y otra vez); un rompebolsas con intenciones malsanas… Así hasta una cadena de quince, veinte personas a las que no dudaba en negarles consecutivamente su presencia con el pretexto de que era necesitada por el o la siguiente en la ristra.

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El hombre del fardo (‘Poe no ha muerto’, 20)

Edgar Allan levantó la cabeza del escritorio –como un pájaro extraño, vencido por el sueño, que levantase el vuelo– y se encontró, fila incesante de hormigas, con las últimas palabras manuscritas por él para Un horror postergado. ¿Por él? A veces el nublo de su entendimiento le procuraba ilusiones como la de creer que no era suyo lo que iba vertiendo en una letra inclinada y sinuosa, con múltiples apéndices –como de insecto– que iban reclamando, agitadamente, su porción de papel.

Sus horas se diluían entre el trajín de la resma –que iba adelgazando, sobre todo en la vigilia de las noches, sobre todo en las tardes en que no se entregaba a sus simulacros de huida por las calles centrales de Baltimore—y las burbujas del alambique, con su suministro cobrizo, de olor y sabor a madera. Buena parte de la intriga que lo mantenía con vida se cifraba en la preparación de ese tónico, que bebía de la mañana a la noche, como sustitutivo del whisky y el ajenjo.

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Re-nota del re-editor: los ‘cuentos’ de Poe (para distinguirlos de la narrativa que trata sobre él) se incluyen siempre en cursiva.