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Sigue de ‘Poe no ha muerto en febrero’

Pandemias y confinamientos aparte, Poe prosigue sus andanzas (las que le dejan) en el sótano y, en este grupo de capitulillos, Marie se decide a actuar. Además, se nos cuela otro de los cuentos inquietantes del confinado…

 

Marie Rogêt se enreda en sus pensamientos (‘Poe no ha muerto’, 24)

Mucha veces pensó la mujer que se parecía a Marie Rogêt en dirigirse a London. O incluso a Poe. No sabía descartar la culpa de sus pensamientos y aliñaba sus días con la amargura de estar traicionando a uno o a otro. A London le debía el nuevo florecimiento de sus días, ese sótano alto (como le gustaba llamarlo a ella) que la instalaba en el ojo de mayor altura de Baltimore, vigilante sobre todo, mujer bajo cuya mirada pasaba toda la vida y hasta la muerte –su calle era el tránsito habitual al cementerio— de la ciudad.

Con frecuencia miraba los rincones de la estancia que la había sacado del albergue del ingeniero y casi bizqueaba con lo agradable de cada ámbito: flores perfectamente combinadas con sus floreros, anaqueles con libros de un bellísimo estampado, cortinas que celaban con armonía su intimidad… Se pasaba las horas entre la contemplación del ordenado paisaje callejero y cada detalle de lo que el azar y su gusto –en ese justo equilibrio que tanto le gustaba—había dispuesto en aquellos metros cuadrados.

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Un ruidito (‘Poe no ha muerto’, 25)

Poe, cansado del escritorio y la boquilla que le surtía el falso whisky de sus días y sus noches, reculó hacia el diván que le hacía las veces de camastro y –como en sueños— continuó escribiendo, en un duermevela donde medía las palabras a la luz oscilante de la linterna. Soñó entonces  —como si lo escribiese mentalmente— Un ruidito.

El señor Q. se agitaba en su cama con dosel mientras cualquier conciliación del sueño chocaba con un ruido. Minúsculo, prácticamente inapreciable, pero cierto. Pequeña y precisa, una sonata de dobleces de sábanas y de gasas finísimas –que no eran las suyas– se le agolpaba en el oído, para su inquietud. Intentaba entonces realizar otros gestos previos al descanso (pasar las páginas de un libro, sin apenas leerlo, de tan escamado que estaba; rezar, sin concentrarse en la oración), pero en todos venía a distinguir ese eco que le inquietaba.

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Un encuentro (‘Poe no ha muerto’, 26)

A Poe le pareció percibir, acaso, la primera llamada a la puerta del sótano desde que su mañana y su noche consistían en escribir oscuras narraciones para el ingeniero London. Era un golpe tibio, de alguien que no se decide a llamar pero lo hace. A pesar de todo.

Poe, que no se acostumbraba al inventario de sonidos del sótano –compañeros del trasiego del líquido y la vibración de las láminas–, sí sintió la diferencia de este que se repetía tras la plancha metálica de la puerta, pintada con grumos de azul cobalto. Ese golpear con una insistencia rítmica, pegajosa, que amenazaba con quedarse allí detrás junto al resto de musiquillas del antro si no se lo atendía.

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