Mis relatos favoritos

‘El fantasma’, de Las pruebas del caos | Enrique Anderson Imbert, 1946

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                            Para mi Ofelia, que me lo descubrió

 

La taxonomía del fantasma puede ser tan extensa como la de la vida que mueve nuestros hilillos por acá, por este mundo de tierra, carne y hueso. Fantasmas los hay (voy a entrar aquí en los literarios solo, no temáis una entrada política) de tantos tipos como las criaturas que los imaginan: fastidiosos, olvidadizos, lúgubres, traviesos, amenazantes, contemplativos…  La ejemplar introducción de un libro muy querido por este blog, la Antología universal del relato fantástico de Siruela, ensaya una clasificación de ellos, con una distinción de lo más interesante entre el fantasma gótico y el moderno. Pero echo en falta en ese tomo para mí sagrado, y ya lo advertí en su primera lectura, este pequeño relato de Enrique Anderson Imbert, otro de los grandes olvidados de la literatura argentina.

No diré por qué este fantasma de Imbert merezca estar en un estante aparte del género (por si alguien quiere leer conmigo otra vez el cuento y le estropeo algo) pero digamos que el autor se preocupa por asuntos y características del fantasma en cuestión que lo hacen único entre sus colegas literarios (a no ser que lo entronquemos con cierta sorna de Wilde y El fantasma de Canterville, un clásico).

A mí me fascina este cuento por el uso tan inteligente y ‘caprichoso’ de la voz narrativa y toda la historia paralela al propio fantasma que va tejiendo su autor, haciendo de la ausencia lo normal y de las rutinarias presencias que acompañan a la ‘aparición’ (muy discreta por cierto) lo extraordinario. Lo que asusta.

Después de todo –acabamos pensando con Imbert– no hay más muerte que lo que acaba y su fantasma no es un alma que vague por el espacio, sino el vacío y la nada, la desaparición. Eso que venimos llamando olvido.

 

Nota fantasmagórica:
Es un documento precioso la lectura de este cuento por su propio autor:

 

Puesto que tememos el olvido de este imaginativo autor (hay otros cuentos muy memorables suyos como El leve Pedro, que me recuerda a este contema de la primera serie), conviene situarlo al menos en la órbita de los Borges, Bioy Casares…, porque muchos de sus pequeños relatos son obras muy completas y envueltas, además, en un celofán de humor característico. El propio Imbert –un teórico del cuento– reflexionó aquí sobre Borges, considerándolo antes que nada un poeta, un creador, por encima de un espécimen filosófico: “Borges y su concepción del mundo”. Al margen, portada de Las pruebas del caos, colección de cuentos donde aparece este, publicada en 1946.
En la colección de pastiches Poe no ha muerto, cuyo último anuncio está doblando la esquina de esta entrada, abundan también los fantasmas. Los hay más clásicos y malévolos, como El revendedor de cadáveres Haydon o juerguistas y estetas como este de El pintor pintado.