Mis relatos favoritos 

 

‘Tela de araña’, de Las cosas que perdimos en el fuego | Mariana Enríquez, 2016

 

Érase un cuento nuevo, contado con voz distinta, pero que se valía de todas las facetas del cuento de siempre, como el diamante que pulió Cortázar, o Borges. Su autora se llama Mariana Enríquez, y es probablemente la narradora más joven que ha pasado por esta particular y oscura quinta del relato. Pertenece a un grupo –sospecho que más bien elegido por sus lectores que por cualquier crítica incipiente—que sigue creando ficción, incluso fantasía, desde la realidad, como hizo el autor de Todos los fuegos el fuego (por cierto: me parece intuir como un secreto homenaje a algunos de estos cuentos de Cortázar dentro de esta ‘Tela de araña’). En él incluyo a Samanta Schweblin, que también acabaremos por acercar a este rincón.

Pero la influencia de cuentistas tan ejemplares no excluye que el fuego siga ardiendo con estos nuevos leños. Está aquí el principio casi rutinario, lleno de tedio y calor –como en el mejor García Márquez–, pero también la urdimbre de las desavenencias (el triángulo entre un matrimonio y una hermana y cuñada) y la araña que teje, sin precipitación pero sin descanso, hasta servirnos, en la última rama, un final casi… deseado.

En este relato –como en todos los buenos—disfruto sobre todo el ambiente: desde la casona de pueblo que abre la portezuela del cuento (que imagino con alberca y vegetación sin cuidar) hasta las ensoñaciones casi esotéricas del fuego y la selva, pasando por el mercadillo artesanal (donde se vende ñandutí, una colorida tela de araña) y la noche que lo cerca todo, en torno a la carretera y al motel del regreso, que es también el fin y a la vez el comienzo, afirmativo de la mujer y acaso de la vida.

Comparte con eso la suerte –que es también la nuestra, como lectores—de otros cuentos de este tomito de terror inédito: el ambiente también se borda en el paraje suburbano del cuento inicial (‘El chico sucio’), en las andanzas del guía turístico en el cuento que evoca al Petiso Orejudo o en el desquiciamiento interior, visualizado como exageración calavérica en ‘Nada de carne sobre nosotras’.

Como en el insecto que se eterniza en su composición, pero que acaba llegando a su víctima, las arañas vertidas en las narraciones de Mariana Enríquez nos hablan –esto sí puede ser lo nuevo, y hasta lo actual— de una reciente cualidad de lo horroroso: es lo próximo, lo más cercano, lo prácticamente palpable.

 

 

Nota arácnida: este cuento, y todos los del tomo Las cosas que perdimos en el fuego, lo debo al bonito detalle de Anagrama, que lo ofreció gratuitamente durante este confinamiento.

Se puede indagar más sobre esta autora, el terror –este terror suyo– y sus cuentos en esta entrevista argentina: