Una guerra | Una obsesión del verano

Este fusil fue de un regular del tabor de Melilla, que lo disparó quince veces hasta su muerte bajo una encina de Cerro Muriano, que le grabó en la culata ‘Fulgencia López’ con una navaja cabritera que en las cachas también tenía grabada –no se sabe con qué, con la brasa de un cigarro quizá– ‘F. L.’, que la quería mucho y asta que esto acave solo te puedo querer por carta. Este fusil fue después de un miliciano, un zapatero muy bajito y sin sus gafas de Aranjuez que lo arrastró por Teruel, que hirió con él y le quitó un ojo de un balazo a un guardia civil de Ávila, que tuvo que matar a alguno de entre los siete falangistas ejecutados por un pelotón formado a toda prisa a las afueras de Palencia. Que lo dejó, confundido con una escoba, en una huida, siempre una huida hacia el norte.

Este fusil fue de un pastor que lo encontró y que no hacía la guerra, solo una paz de hambre y de kilómetros, escondiendo sus ovejas y alguna cabra de uno y otro bando, que no sabía que era un bando, que mató con él una docena de lobos y tres raposas, y diecisiete liebres para su alimento, que lo descuidó –mientras se le escapaba el ganado– en las orillas del Híjar, para que la poca agua de su cauce lo arrastrase y lo confundiese en la noche. Este fusil pasó olvidado muchas madrugadas de finales del 36 y principios del 37, criando un moho apacible, una especie de mínimo jardín a salvo de todo. Este fusil pasó una Nochebuena solo.

Este fusil fue hallado al norte, no se sabe de qué, pero al norte de algo, escupido por las aguas del Ebro, y allí fue limpiado –de casi todo menos de sus muertes–, y engrasado, y clasificado, y apilado en una furgoneta por los operarios de una fábrica, y cargado en los brazos de un minero, que no sabía dispararlo, que solo lo utilizó para dar golpes con su culata tatuada de Fulgencia López, que solo encañonó, y amenazó, y atravesó y ascendió y cayó en el fango definitivo. Este fusil fue inventariado en un tomo por un sargento intendente que había perdido a su mujer en Granada por viruelas, que caligrafió con letra negra, muy menuda, capturado al enemigo, sobre un pliego gris elefante, que estaba borracho el día en que el estado mayor encontró el libro y el fusil entre los escombros de una hondonada. Este fusil estuvo a veinticinco metros de Franco. Y él no lo supo.

Este fusil entró en Barcelona, y luego en Valencia, y luego en Alicante, al hombro de un cabo disléxico, que nunca supo de su dislexia, que mató a un hombre que bostezaba –posiblemente por error–, que disparó al cielo de la Playa de la Malvarrosa, que lo hundió en las costillas de un niño que gritaba viva la República, que lo cambió a un falangista por una baraja de cartas. Este fusil se llevó a Los Almendros, a sus letrinas al aire y sus mendrugos manchados, a un señor mayor que leía por las noches a Marx y a Victor Hugo y que perdió, que había perdido, el único barco que no podía perder en su vida.  

Antes de todo final, este fusil descansó –por un instante breve, muy breve– en el poyete de fregar de una cantina, envuelto en el silencio y en el asco, muy cerca, qué cerca, de una Fulgencia López que pudo ver con odio y con sorpresa las letras de su nombre escritas con navaja en la culata. Pero que no sabía, que a lo mejor me mandan a zamora, que ayí ai algo para mí en un cuartel.

Y besos.

© félix molina, para Casi la paz. Nueva entrega o ración de esta obsesión veraniega que se está haciendo tomo ya. A su extraño modo también es una perdida carta de amor.