La boca de salida. Se retrasaron diez, quince minutos sobre el horario de otras funciones. Al fin, ya estaban allí. Ariel tenía ese rasgo demónico que todos habían ignorado en la sala. Quizá alguien sentado entre la tercera y cuarta filas lo había adivinado, pero ya no estaba aquí para verlo. El viejo Próspero, feliz por tanta urdimbre bienandada, gorroneaba un cigarrillo entre la turba admirada y se mesaba sus cabellos canosos. Un minuto y llegaron los nobles, el Duque de Milán, Prudencio, etc. Tenían el aire aburrido de quien ya lo ha probado todo, y aun así se mostraban jóvenes, proclamaban, con una jarra de negra en la mano o las heces de un whisky, la falsedad de sus papeles. Miranda y Fernando, en un rincón, olvidados de todos, se entregaban al amor más carnal, lejos del arrobamiento, como en burda parodia de las docenas de versos que los obligaron a jurar una relación casta, lo más casta posible, ante los ojos del padre.

© félix molina, La carne de burro no es transparente. Se trata de un cuentecito de este relatario (ea, para los y las de poemario) que sigue intentando explicar mi sorpresa ante la magia del teatro. Es un apunte del natural, además. La ilustración es una imagen troquelada a partir del cuadro La tempestad, de William Hamilton.