Cartas desde América, 11 | Shirley Jackson

La undécima carta americana, en esta noche de miedos (aunque la vida que vivimos peligrosamente se está encargando de dejar lo de esta noche en una burla), la dedico a una de las narradoras más espeluznantes de la literatura norteamericana. Solo su cuento ‘La lotería’ nos puede provocar una desazón tan grande y un vértigo del alma (o lo que sea) parejo a una extraña mezcla, casi opiácea, de Kafka y Faulkner.

Era como en aquellos paisajes, despoblados, donde de chico tenía que colocar uno calcomanías para infundirles color y vida. Ingresabas por un extremo del pueblo para encontrarte con avenidas de tierra y calles silenciosas, bañadas por un sol extremo. Solo el polvo en suspensión (eso que no tiene calcomanía posible) vagando por el aire, amortiguando la luz. Nadie en las casas. Nadie en las calles. Shirley, ¿dónde estás?

Sigo andorreando por el pueblo, más bien como si escarbara en la madriguera de un roedor, y me encuentro, como pegadas aquí y allá por una mano gigante y extraña, las papeletas. Desvaídas y mohosas. Todas detenidas en su parcelita de tierra amarilla, sin el culpable punto negro que arrojaba a la muerte –peor: a una tormenta de piedras que llevaba a la muerte– a quien se quedara, tras el sorteo anual, con la papeleta manchada. Son blancas, menos mal, pensé mientras el calor casi que no me dejaba avanzar por la pesadilla. Grupos de niños con piedras en los bolsillos, tatuados sobre la lengua amarilla del suelo, junto a los soportales de las casas de madera. Mañana de lotería, de remover las papeletas donde está el ser o el no ser del mañana de mañana mismo. De acabar esta misma tarde disuelto en la nada.

Y las piedras. Hay grupos de ellas –de todos los tamaños–  que la mano que todo lo calca ha dispuesto junto a los geranios, a la salida de las bocas de riego, en el centro de las plazoletas vacías, junto a la iglesia y junto a los sacos de la tienda de ultramarinos. Están en todas partes.

Yo sigo avanzando porque la pista de un sueño es solo la suma infinita de los pasos del que sueña. Solo las gotas gruesas del sudor son como un pegamento a lo real, a la certeza. Casi que no me doy cuenta y tropiezo –ahí está– con la caja, negra pero desteñida, parecería que un pulso incierto ha apretado mal el bolígrafo sobre la cartulina del paisaje y algunos contornos suyos no se han calcado bien. Pero es la caja negra. No hay duda: lo es.

A la vuelta de la esquina, junto al volumen gris y mortecino de la última casa del pueblo, abierto al sol y a su zumo triste sobre todo, están la cruz y el descampado. Allí también la montaña de piedras, con el orden que les ha impuesto la ira sin nombre. O con los nombres de todos. Me doy prisa y retiro las primeras capas de piedra. Se encuentra ahí el aliento disparado, la vida que no se fue y retorna tras cada golpe del corazón. Hundida y macilenta, está ahí, entre las paredes deshechas de piedras y el suelo caliente: las gafas rotas, la sangre barnizándolo todo, la vista perdida que no reconoce a la mano salvadora pero la toma. Alguien la calcó casi a la perfección, destrozada y final en este páramo, pero ahora, después de años de lectura (pueblos tan vacíos y alejados como este, mansiones yertas, pasados que atormentan), la ayudo a salir de allí y casi que me lo agradece, mientras se apresura a soltar la papeleta maldita, con el punto negro tintado a la perfección en su centro.

Despierto, y apenas puedo pronunciar ¿Estás bien, Shirley?

Sigue leyendo aquí, en Masticadores:

Sobre el relato ‘La lotería’ cuento algo más aquí:

Lo extraño no se va de vacaciones | félix molina (wordpress.com)

Volveré sobre Shirley Jackson en una de las entradas que os debo del Calendario.

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