Un árbol | Algunos libros

Este blog, al tiempo que las desea para quienes pasáis por aquí (y, como siempre, para quien no), recurre a las felicidades más fieles y recurrentes del lugar: las que depara un libro. Pero quiere que a la postalita del árbol y los libros de barro la acompañe un pliego de felicidades ensayadas, y no halladas en libro alguno de los que se muestran. No busquéis, no, ni en Platero y yo, ni en los relatos de Poe, ni en Ulysses, ni en Frankenstein los trozos escarchados de prosa inexistente que os dejo en este plato, con mi deseo de lo mejor en estos días y en el año que está a punto de entrar.

Un abrazo.

A Platero se lo llevaron por error o por desvarío aquella tarde de Nochebuena, unos que no lo querían bien. Pero vino a aparecer, alma de asno envuelta en el terciopelo de su hallazgo, en la mañana de Reyes, junto al esqueleto de unos quejigos.

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Entre las brasas de la hoguera donde se agolpaban los asaltantes y la pared postrera se agitaban unas sombras, que no siempre se correspondían con los cuerpos que se zarandeaban junto al fuego. Y un cuervo aleteaba en torno a las figuras, las reales y las fantasmagóricas.

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El orondo jesuita azotaba picajoso la pinta como si fuera agua para bendecir y no cerveza lo que tuviera bajo sus narices.

–Ponme otra, Dignam, ya no quedan taberneros como tú, in spiritu

In absentia– susurró una voz, mientras vertía en la jarra un líquido verde que apagaba los rescoldos orinegros de la cebada.

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Desde las inmensidades del valle, la criatura emerge nuevamente, arrastrando sus pies, grávidos de tierra. Es cierto: se lo ha visto acunado por un trozo de luna en el pantano, mientras busca el cuerpo de la niña ahogada, como si fuera una rama de brezo que pudiese flotar en la piel helada y negra del agua.