Pablo Luque Pinilla | Greenwich

Leí, no sé si a Gil-Albert (corregidme, no encuentro el ensayo), que la claridad viene a la poesía por diversos caminos: o por el lenguaje –como en Claudio Rodríguez–, o por el tema –como en Jorge Guillén, en quien siempre pienso de día–, o, añado, por un empeño muy especial, por una atención directa, un cuidado casi intensivo hacia el lector diría yo, que hace del poema casi una didáctica.

Ese es el orden en que registro yo, con el nombre y los apellidos de Pablo Luque Pinilla, este Greenwich que viene no solo a mostrarme, sino también a enseñarme la poesía. Puede hacerlo, porque ha dejado atrás el divino aprendizaje de SFO (una road movie poética, con bellísimas fotografías) o Cero (la poesía como compañera de la imagen), libros que tuve la oportunidad de conocer desde sus primeros días de vida.

Pablo Luque Pinilla, © Sara Luque

Greenwich parte de la cultura (Dante, Cormac McCarthy, Denise Levertov), es esa su semilla y su abono, pero tiende sus ramas, en forma de paralelos y meridianos, hacia la imaginación. Imagina que amanecemos en un mundo comunicado por estambres de sensaciones y sentimientos a los que solo puede poner nombre el poema. Con cada verso –que resume una hora humana– hundimos la mente en el barro poético originario, el del propio Dante, el de T. S. Eliot, el de William Carlos Williams (por cierto, me entran ganas de rastrear en su Paterson cuando leo este Greenwich). Pero, lejos de enfangarnos, nos aferramos al gólem de cada día, para sobrevivirnos. Greenwich es también la historia de esa supervivencia diaria, personal, que hace de la anécdota geográfica y horaria un universal de la existencia humana. Y eso es algo que solo puede realizar la poesía certera.

Ocurre que el infierno de este día y esta hora no es el de Dante, sino el del silencio, como el que habla al final del poema 8:30,

Mientras alcanzo la oficina y me introduzco en el

     vestíbulo

absorto en un temblor callado,

como el que ensordecía mi mirada en el parque

postrado ante un altar

                                       que hablaba en el silencio.

O indiga en la necesidad que tenemos de humillarnos, en medio de la vanidad circundante, para llegar a la tierra y a esa otra luz que nos salve, como en 13:45,

Cavar un hoyo a oscuras.

Cavar sin detenerse

hasta una cota sin retorno,

y encontrar lo profundo

en un empeño ya de ascenso.

Cavar para subir,

y conquistar la luz que nos aguarda

al otro lado de la tierra.

Al final, entre tanto murmullo existencial, todos dependemos de una misma forma, de un molde que tenemos entre las manos, el mismo siempre, eterno, desde Beatriz hasta la novia, 23:05:

Cuanto es depende de una forma

que nuestras manos guardan para seguir viviendo.

Existe

            como cifra de lo eterno.

Tres pasajes que remiten a existencias de ahora que lo han sido de siempre. Eso es lo que sigo paladeando tras la lectura de Greenwich: el ya, el en este mismo momento con sabor a arcilla ancestral, a loza y cuenco de génesis.

Entiende el poeta que cualquier secreto encerrado puede ser después un bello fósil, pero –y ahí viene también la didáctica– oreado se convierte en un instrumento más de navegación, un astrolabio que nos permite una relectura que se llena de islas nuevas y bellas. Las notas que acompaña, con el anexo Margen horario (¡qué raras y aplaudibles en un libro de poemas!), son justo lo que necesitamos para seguir el camino de los meridianos, o para volver a emprenderlo con más conocimiento, como aquel Virgilio que entonces prendía la mano de Dante, y ahora coge la del que conduce a su oficina para huir del silencio, o el que se aferra al bluetooth para seguir enlazado al mundo, o quien escucha el anuncio del Avecrem como quien no quiere la cosa.  

Nota meridiana o paralela:

No quería romper el ritmo de la reseña comentando que el libro ha sido merecidamente premiado por los 44.º Premios Literarios Kutxa Ciudad de Irún, y editado por Algaida Poesía.

La poesía secuencial, con asunto o anécdota, tiene gran tradición anglosajona, por ejemplo en los autores arriba citados. Estamos menos acostumbrados a ella en estos paralelos, pero es un gozo emocionarse con versos que después son, además, una historia.  

    © De los textos citados, Pablo Luque Pinilla, Greenwich, 2021, y del material gráfico, salvo menciones expresas.    

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