Cartas desde América, 15 | Francis Scott Fitzgerald

Corre, como el viento fresco de una noche californiana, el año mil novecientos veintitrés y Francis Scott está viendo reflejada en el fondo de un whisky doble una historia que se resiste a llamar El gran Gatsby. Trata de furia y de dinero. De gente que hace cosas porque si no las hace su tiempo pasa. Retrata a quien reposa de la vida en un baño de lenta espuma pero también a quien no deja de bailar, agitadamente, para que su cuerpo no se convierta en polvo.  

Suena el teléfono. Es el enésimo productor que quiere-un-guión-ya. Hay que pensar en gestos para enlatarlos en celuloide, hacer lo suficiente para que las figuras silentes de una sala almacenen entre sus entretelas los labios y el cabello amoldado de otras figuras que se mueven en la sombra de un lienzo, como las llamas blancas y grises que agitara algún fuego olvidado.

Zelda. Lleva ese pijama que ella pretende un vestido, canturrea Down Hearted Blues mientras unas cortinas de hotel la envuelven. Va a cerrar las hojas de la ventana pero Francis Scott la interrumpe intentando un beso. Se disuelven, como el humo del cigarrillo que descansa al borde de la mesa, las figuras de El gran Gatsby, del guión… y de la misma Zelda, que ha dejado de cantar.

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Es el propio aire de la noche, que todavía es suave, el que vuelve para abrir las ventanas. Zelda reposa en el diván, ignorante del operario de la Ford que empieza a apretar tornillos en la incipiente mañana, de la tinta que mancha los dedos del muchacho que vocea el New York Post, de los contrabandistas que se han quedado dormidos esperando un cargamento de licor, de su primera cana en la parte que lleva recogida del pelo, de sus sueños de ahora mismo, de las operaciones sigilosas que serán el principio de su propia muerte, de que será la heroína de un videojuego en el siglo veintiuno.

Francis Scott dormita junto al líquido ambarino que chorrea el tablero de caoba. Está la calma primera del día, los pájaros que van sembrando aquí y allá la sustancia acuosa de su canto, los ojos medioabiertos de Fitzgerald que intenta recordar, no se sabe si a Gatsby o a un personaje con sombrero de su guión. Y todo lo que se le agolpa, todo lo que se le cierne como una silenciosa orquesta de jazz confundida en su entraña.

Sigue leyendo, para la nota biográfica, en Masticadores Archipiélago…