Un nuevo verano | la obsesión sigue

Con la vuelta del verano, mis obsesiones guerracivilera y guerramundialista continúan. Ya todo es escritura y lectura (espero que algunos libros amigos me salven) sobre la fractura, sobre el desastre, sobre el caos. Así hasta que se apaga el verano, dejando una estela de cuatro o cinco cuentos nuevos. Como este de ‘Casi la paz: la vieja Europa’ que me atreví a dedicar a Alberto Martínez, en su pasado cumpleaños. La peor de las guerras sigue siendo la del tiempo.

para Alberto Martínez

Arno Schütz era un hombre con el que me encantaba tomar café. No sé de dónde venía, urgido por la infame situación, pero llevaba muy poco tiempo en nuestro bloque, era el inquilino afable de la pensión del piso de arriba con el que me crucé varias veces en la escalera y pronto la amistad, como un suave sucedáneo de la felicidad, germinó en nosotros. Qué más me da que fuera judío o ario: compartíamos la gloria de los libros bien escritos, y a ellos nos dedicábamos mientras nos servían, en copa chica pero frecuente, un marrasquino delicioso.

Todavía recuerdo –porque será significativo para la historia que me propongo contarles– la tarde en que me habló de Rudolf Kempe y su grandiosa novela. Era ya una medianoche de verano oscura y grasienta, con media población marchando al gueto y la otra media envuelta en simulacros y adhesiones. Pero Arno no me hablaba con tristeza –pese a su condición–, ni siquiera con sigilo. El mundo trasegaba junto a él con ropajes de nerviosera y disgusto, pero una sonrisa consagraba siempre su actitud. En esas estaba cuando me habló de Alboroto y, ante mi brutal desconocimiento –estaba visto que yo no era más que un policía–, dejó ver no ya una sonrisa, sino la carcajada definitiva, la que mostraba todos sus dientes.

–Pero, ¿cómo? ¡¿Un berlinés como tú y no has oído hablar de Alboroto, del gran Rudolf Kempe?! ¡Santo Dios!

Luego condescendió y se entretuvo en los meandros de dedicarme una descripción del libro. La cosa trata de un carnicero al que su mujer –una cantante de variedades– engaña un día sí y otro también y él se dedica, como si tal cosa, a vagar por la ciudad, en busca de alguien que quiere fundar como su hijo. La novela termina, tras varios desafíos formales, con el regreso del hombre a su hogar, en pleno centro de Berlín, mientras su mujer adúltera dormita en una cama con arandelas.

No pude negarle que la trama me era familiar. También el autor (aunque, ¿de qué me sonaba?). Reprodujo una nueva carcajada y despachó el asunto diciéndome que a esa gloria del modernismo pensaba dedicar él todo su intelecto, en varios, puede que muchos años.

Abandonamos los últimos el café mientras en él seguía apreciando esa ligereza de espíritu, esa alegría sin nombre, sin justificación; y en la ciudad el desgarro de la vecina guerra, de la marcha judía, del desastre en ciernes, de las nubes de la hecatombe.

Mi profesión –o como quieran llamarlo– de policía acabó por enfrascarme en el asunto judío. No tardaron en darme una dirección, en inquirirme un domicilio, en instarme a que visitara la pensión sobre mi piso. Con mi compañero de ronda nos encaminamos a ello, y yo siempre con el miedo de descubrir a Arno, de cruzar mis ojos con él de manera tan distinta a la de las tardes de café, de detenerlo. En esa zozobra me hallaba cuando franqueamos la puerta y preguntamos por los judíos del lugar. Para mi agradable sorpresa nadie conocía a Arno Schütz. El registro tampoco deparó nada sobre un hombre de letras, nadie (un cartero, dos encofradores, una dependienta y un botones) disponía de hecho de libros en su habitación. Al menos de esos libros de Arno. Gocé con el pensamiento de su huida, con la certeza de que mi amigo no estaba, ni mucho menos, tan fuera de este mundo vil. Y de que había abandonado en el tiempo y la forma más oportunos su escondite.

Una inquietud personal, sumada al rescoldo de aquella amistad grata, hicieron que continuará mis investigaciones particulares sobre el filólogo. Rastreé (con el disfraz del avieso nacionalsocialista preocupado por el destino de Alemania) universidades y bibliotecas. Centros culturales y hasta sinagogas. En vano. Lo más próximo a Arno, por apellidos o familia, era un niño de diez años que circulaba ya en aquellos momentos en uno de esos trenes cuyo conocimiento evitábamos, deportado a algún lugar del Este. Así lo llamábamos entonces.

Después viene el episodio mundial que ustedes bien conocen. Asesinato. Desolación. Exterminio. Esa elipsis sangrienta. Cuantas veces no dejé de pensar aquellos días en un mundo paralelo. En otro mundo. Acaso en ese de mi amigo Schütz, un universo que no conocía la desilusión ni la entrega. Pero el aire en que las cosas se disponen en la vida quiso que yo fuera solo un simulador más de entre todos los de aquella sociedad berlinesa. Una granada donde no tenía (o sí) que estar hizo el resto y mi prestación militar se redujo a unos cuantos días, justo los que tardé en perder la pierna derecha.

No se descuidaron tanto de mí, tras el final del caos, las tropas inglesas y norteamericanas cuando supieron de mis servicios de policía, de mi presteza para recorrer inmuebles ruinosos –pese a la cojera–, de mi conocimiento antiguo de los barrios y de las gentes que en ellos vivían. Bautizado como inspector,  y reconocido por la soldadesca y los oficiales, mi función en aquella ruina emergente era informar. Cualquier cosa era válida mientras fuera llenando la ignorancia angloamericana con conocimiento alemán. Fui el sostén de las viudas, la desaliñada esperanza de los huérfanos, la última visión de los moribundos y la primera de los desarrapados que nacían. En esas vine a conocer a Rosalinde.

Mujer culta y dulce, se apiadó de mi cojera y mi desilusión y, gracias a ella, estaba permanentemente informado de la esquelética vida cultural de la ciudad que emergía, por decir algo. Un fruto de esto fue que presenciáramos en el otoño vaporoso de 1945 un concierto en las ruinas de San Nicolás donde se interpretaba el Réquiem alemán –el programador inglés no tenía piedad– de Johannes Brahms. Aquello lo dirigía Rudolf Kempe. El semidesvanecimiento que siguió a mi recuerdo de ese nombre (solo la pata de palo y el escuálido reclinatorio detuvieron mi caída) fue parejo al resorte de mi pregunta.

 –¿Kempe, el novelista?

Seguro que Rosalinde no pretendía –no podía pretender– una parodia de la carcajada de marrasquino de Arno Schütz, un largo lustro antes. El gesto se tocó de la dulzura de su carácter, pero fue igual de rotundo, en el agudo silencio de la iglesia agujereada que precedía al Selig sind, die da Leid tragen.

–Es un joven maestro. Viene de la Ópera de Leipzig.

Permanecí el resto de la interpretación envuelto en un silencio que no sé si quería elucidar la broma de Arno o mi repentino odio (ahora que volvía a estar mal visto) por aquel judío impostor. Y pasé luego meses buscando en las recién abiertas bibliotecas y librerías de Berlín el Alboroto de Kempe. La novela definitiva. La novela moderna.

–Por eso que me cuenta solo tengo el Ulysses de James Joyce. Un irlandés. Y luego esto de un tal Döblin– dijo un librero de Gendarmenmarkt mostrándome un libro casi devastado–. Pero nada con ese título. Ni ese autor. ¿Seguro que es un maestro de la novela?

No, de momento, en este mundo nuestro de catedrales a trozos y jeeps polvorientos, solo era un joven maestro de Leipzig.

Pasaron unos años, y de Arno –cuya búsqueda permanente ya era más una costumbre que una venganza– no obtuve ni noticias ni menciones, a pesar de que volví a frecuentar, enganchado del brazo de Rosalinde, ambientes que remedaban lo literario. Varias veces, ebrio y fatal, acabé una discusión sosteniendo la maestría y el modernismo de Kempe, para mofa de mis contertulios y rubor de mi acompañante. Una vez, desenganchado de su brazo, vagué por las galerías del metro, hasta donde me dejaban los megáfonos de la zona rusa, y allí, sonriente y ajeno como siempre, oculto en ese mundo suyo, entre una hilera de hombres anónimos en gabardina, estaba Schütz. La visión fue al trasluz del vagón donde había entrado, acelerando para despistar a una enfadada Rosalinde. Una búsqueda de meses y de años, cercana ya a la década, que se resolvía en ese minuto gris y subterráneo. Por supuesto, bajé en la parada siguiente, para volver sobre mis pasos. Inútilmente.

Otra tarde lo es ya de finales de 1950. En la casa de Rosalinde, con unas pastas, un té checo y un disco de las Kinderszenen de Schumann interrumpido por el estruendo vecino. Cualquier derrumbe era una rutina en aquel Berlín, pero este, tan próximo y tan inoportuno –creo que algo decisivo iba a decirle, al fin, a mi compañera– nos hizo salir a la calle y mirar la fachada colindante, que había colapsado, dejando sin vecindad a la pobre mujer. Con un arrojo que ya no me solía acompañar, entré en el inmueble vacío, ejecutando un registro inopinado, acaso asumiendo el detective que todos me creían. Ropas de mujer, sombreros de hombre, jaulas de pájaros, vajillas pulcras en su rotura, cajas marcadas, como de alguien que piensa en huir, libros, más libros.

Me agacho y, entre la ceniza y el polvo, mi sombra halla un pequeño chifonier, cuyo último cajón no quiere abrir. Páginas descabaladas –no, hojas sueltas, manuscritas, rellenas con una letra menuda y muy volcada, nerviosa, sulfurada – donde no se adivina principio ni fin. Y mi mano, desembarazada de la muleta, que escoge una, casi en blanco, con un como título garabateado en medio del papel amarillecido: Alboroto. Y luego, más abajo, envuelto en vírgulas exageradas, improcedentes, algo que quiere ser un nombre. Rudolf Kempe.

© félix molina, Casi la paz. ‘La vieja europa’, 2021

Nota del bloguero: este cuento dedicado precede, por cierto, a una reseña para ‘Mis relatos favoritos’ de ‘Jaque a la reina’, un cuentazo de Alberto Martínez y su Un ciervo en la carretera.

Mis excusas por la entrada rezagada del Calendario, que aparecerá inmediatamente después, precediendo a la de julio (Djuna Barnes y Joseph Strick juntitos).