El desván de fm|al

Fausto | Una adaptación a dos teléfonos

Traigo del desván esto que se lee al ritmo de las olas. Viene de un viejo intento por reducir grandes obras de la literatura a unas cuantas llamadas de teléfono… Empezaremos por el Fausto.

Faustofonía

1

— ¿Está Fausto?

— ¿De parte de quién?

— Un amigo.

— Un momento.

— Fausto. Ayer le estuve llamando todo el día, sin respuesta.

— Aquí me tiene.

— ¿Y bien? Qué ha decidido.

— Nada aún.

— Y a qué espera.

— Una llamada más.

— De acuerdo, a esta misma hora.

— De acuerdo.

… … …

— ¿Fausto?

— Sí.

— ¿Le ha llamado ya?

— Ahora mismo.

— ¿Y bien?

— Le he dicho que todavía no tengo nada decidido.

— ¿Y él?

— Ha quedado en llamarme, a esta misma hora.

— ¿No le ha hablado de mi oferta?

— No.

— De acuerdo. ¿Puede decirme ahora qué le parece mi oferta?

— Tentadora.

— Ja, ja.

— Ja, ja.

— La acepta entonces.

— La acepto.

— Bien. Pura curiosidad: qué le ha llevado a decantarse, finalmente.

— No sé. Creo que la posibilidad de la crisogénesis. Y lo de Margarita.

— Claro. El oro siempre será un valor seguro. Y en cuanto a Margarita, ya no tendrá que preocuparse.

— Eso espero.

— ¿No se siente entonces agraviado por lo del conocimiento finito, ni por la imposibilidad de una vida eterna?

— Por Dios.

— Ja, ja.

— Ja, ja.

— Le veo muy preparado, muy predispuesto, muy en su papel.

— …

— Entonces… El trato se cierra mañana.

— Mañana.

2

— Buenas tardes.

— Perdón.

— Descolgó su teléfono.

— No.

— Sabía que iba a llamarle a esta hora y descolgó.

— No, le juro…

— Por quién va a jurarme.

— Es verdad.

— Ha llegado a un trato.

— No.

— Sí.

— Aún no lo he cerrado.

— A qué esperaba.

— A su llamada.

— No me diga.

— Se lo juro.

— Por favor.

— Está bien: se lo aseguro.

— Eso está mejor. Qué le ha ofrecido.

— Lo mismo, prácticamente.

— ¿Y además?

— Poco más.

— ¿Y además?

— Bien. La posibilidad de obtener el oro a partir de cualquier metal. La crisogenia, creo.

— Crisopeya.

— Eso es.

— Solo eso. No hay cosa que le tiente más que obtener los relucientes lingotes. Cómo cree que va a colocarlos después. Tengo agentes en todos los mercados.

— Podría fundirlos. Y venderlos después con minoristas.

— También conozco a los fundidores. Y a los minoristas. Además miente.

— Por qué miento.

— Le interesa algo más que convertirse en un Midas.

— Qué.

— Dígalo usted.

— Nada.

— Margarita.

— …

— Habrá otra llamada.

— Mañana.

— Mañana, pero yo no hablaré con usted.

… … …

— Fausto…

— Ha salido, quién lo llama.

— Soy Margarita, una compañera.

— Ah disculpe, estaba por aquí. Un momento entonces.

— Fausto…

— Sí, yo soy.

— Perdone, pero el apellido es ilegible.

— El apellido no tiene importancia.

— Alguien me dio este número, para que le llamase.

— Comprendo.

— Disculpe el atrevimiento, pero me era completamente necesario…

— No tiene por qué disculparse.

— Es usted muy amable. Verá, no sé cómo empezar, quizás el teléfono no sea…

— Podemos vernos entonces, si le parece bien.

— Me parece lo más correcto.

— Esta noche, entonces. Si no tiene inconveniente.

— Esta noche estoy comprometido. Pero supongo que podré hacer un hueco.

— De acuerdo entonces. ¿El bar de la estación le parece bien? ¿A las nueve?

— De acuerdo.

3

— Fausto.

— Sí.

— Óigame, dónde se ha metido.

— Me estaba vistiendo. Tengo una cita.

— Quiero decir: dónde se ha metido esta mañana. Recordará que íbamos a cerrar un trato. Usted y yo.

— Ah, bien.

— Cómo bien. Me debe una explicación.

— Y se la daré, a su debido tiempo. Pero ahora déjeme que vaya con ella. También es parte del trato.

— Cómo ella, a quién se refiere.

— A Margarita, por supuesto.

— Cómo a Margarita. Usted ha hablado con el otro.

— No.

— Sí. Lo ha hecho. Ha hablado.

— No.

— No sea estúpido, por favor. No lo niegue.

— Está bien. He hablado con él.

— Y le ha prometido una cita con Margarita, supongo.

— No.

— No me mienta. No me puede mentir.

— Solo ha sugerido la posibilidad de que…

— Y usted ha creído en esa posibilidad. Como un perfecto estúpido.

— Ha sido algo totalmente espontáneo. De hecho ha sido ella quien me ha llamado. Yo apenas esperaba…

— Siento casi piedad por usted. Se lo aseguro. Por favor: váyase a ver a Margarita.

— Cómo.

— Le digo que se vaya a ver a Margarita. No se detenga, por favor. En otro momento seguiremos con esta conversación.

— Mañana, quizás.

— Quizás.

… … …

— ¿Está Margarita?

— De parte de quién, por favor.

— Fausto, un amigo.

— Margarita no puede atenderle en este momento, se encuentra indispuesta.

— Mire, yo tenía necesidad de disculparme…

— Le digo que en este momento no puede hablar.

— Cómo se encuentra. Se encuentra mal acaso…

— Llegó muy cansada ayer noche. Algún incidente sin importancia. No me ha comentado nada.

— ¿Descansa ahora?

— Sí, está recostada en un sofá. Duerme.

— No la moleste entonces. La llamaré en otro momento.

— Es lo mejor.

4

— Fausto, ¿me oye…?

— Sí, qué quiere.

— Dormía supongo.

— Lo intentaba.

— Ayer fue un mal día si no me equivoco.

— No, no se equivoca. Nunca se equivoca.

— Ánimo, amigo. Tampoco es para tanto.

— …

— No pudo cerrar el trato con el otro, pero vio a Margarita.

— …

— Lo encuentro desalentado, imagino que no le fue demasiado bien con nuestra querida Margarita.

— …

— Se reunió con ella, pero no todo respondió a sus expectativas.

— No. Así es.

— Y eso le autoriza a enfadarse conmigo. Vamos…

— ¿Podríamos hablar en otro momento? Se lo ruego.

— Podríamos, pero no vamos a hacerlo.

— …

— Usted quiere hablar de Margarita. Quiere contarme que intentó abusar de ella y no pudo.

— …

— Quiere decirme que ella estaba allí porque buscaba que usted le revelase un conocimiento que usted no poseía y usted sólo buscaba poseerla.

— Voy a colgarle.

— Puede colgarme. Espero que lo de ayer le haya servido para valorar en su justo precio la importancia del conocimiento infinito. Yo no le ofrezco la alquimia del oro, yo no le ofrezco a Margarita, pero lo que le ofrezco tiene tanto valor como ambas riquezas juntas. Piénselo.

— Lo siento.

… … …

— Fausto, amigo.

— Perdone.

— No es usted Fausto.

— No. Fausto no está para nadie.

— Para mí sí, dígale quien soy.

— Le digo que para nadie.

— Se lo ruego.

— Quién es.

— Soy yo.

— Le han dicho que no estaba para nadie.

— Yo no soy nadie.

— Qué quiere.

— Comprendo su enfado, créame.

— Usted no comprende nada.

— Lo comprendo todo.

— Si usted supiera.

— Lo sé. Pasó un mal trago con Margarita

— …

— Y el otro posiblemente le ha llamado para hablar. De negocios.

— Usted lo dice todo.

— Y usted asiente.

— …

— No se rebele tan pronto, hombre. Lo ocurrido con Margarita es perfectamente normal. Tiene que comprender su posición. También.

— Y qué me propone.

— Oh, nada. Será ella misma quien se lo proponga. Espere.

— ¿Me llamará?

— Le llamará.

5

— Fausto. Soy Margarita.

— Ah. Qué tal.

— Mejor. Ayer estaba muy cansada

— Es lógico. ¡Trabaja tanto!

— Sí.

— Mire, ayer la llamé para disculparme.

— Ya me lo dijeron. No tiene que preocuparse. Lo ocurrido es perfectamente normal.

— …

— Le comprendo pero usted también tiene que comprender mi posición.

— Por supuesto.

— Lo noto compungido.

— Avergonzado.

— No tiene porqué. Si apenas fue un beso.

— Apenas.

— Ja, ja.

— Ja, ja.

— Para que vea: estoy dispuesta a repetir la cita. Si tú quieres.

— Sin embargo, usted me merece…

— Tú, por favor.

— Tú me mereces todo el respeto. Eso es lo que quería decirle, digo, decirte ayer.

— Cómo ayer.

— Mi llamada.

— Oh, claro… Entonces, ¿esta noche en el mismo lugar?

— De acuerdo. ¿Y a la misma hora?

— De acuerdo entonces.

… … …

— Por fin. Fausto…

— …

— Fausto… ¿Me oye?

— …

— Es absurdo que finja que no está.

— …

— No puede engañarme, Fausto.

— No soy Fausto.

— Quién es entonces.

— Digamos que su casero.

— ¿Y Fausto?

— Ya no vive aquí.

— Dónde vive.

— No lo sé.

— ¿De verdad no lo sabe?

— De verdad.

— Bien.

6

— Fausto.

— Perdón.

— ¿Está Fausto?

— Fausto qué.

— ¿Su apellido? No lo sé.

— Bien. Fausto es mi padre.

— Eso es. Su padre. ¿Podría hablar con él?

— Quién le digo que es.

— Dígale que quiero hablar con él.

— …

— Fausto. Fausto.

— Soy Fausto.

— ¿Me reconoce?

— Sí. Usted es el otro.

— No. El otro vive en la casa de su juventud. Yo soy su benefactor.

— Cómo mi benefactor.

— Claro. Margarita. ¿No recuerda? Ahora es su esposa, supongo.

— Sí. Mi esposa.

— No es una casualidad, precisamente.

— …

— Bien. Ahora tiene que cumplir su parte del trato.

— …

— Guarda silencio porque no cree que hubiese un trato. Que se cerrase un trato.

— …

— Y sin embargo hubo un trato. Se cerró un trato…

— …

— …la misma noche en que conoció definitivamente…

— …

— … a su esposa.

[FIN DE FAUSTOFONÍA]