Extraño / Strange: 30 años de una colección | 30 miradas

Juega la macroexposición que rinde tributo a la Colección Sandretto Re Rebaudengo en el CAAC (Centro Andaluz de Arte Contemporáneo) desde antes del verano al equívoco con la doble acepción de extraño: lo que no es familiar y lo que viene de fuera. Sin embargo, tras varias décadas de contemplación artística (treinta años cumple la propia colección a la que se homenajea) y con todo el viento de fuera que ha soplado en los claustrones del museo, estoy por decir que el adjetivo que titula lo expuesto resulta casi contradictorio, a pesar de la novedad y la juventud de los y las artistas que componen la muestra. De ahí el título interrogatorio de esta entrada.

No nos resulta ajeno, por ejemplo, el informalismo de Giulia Cenci, que aprovecha materiales industriales y residuales (and selfsame, cold summer, and and selfsame y trap, 2019) para enhebrar la materia de los sueños. O el onirismo de Jakub Julian Ziólkowski (Nocturn or The Sleep of Reason, 2013), cuya raíz daliniana no oculta miedos actuales (y hasta el trabajo de su padre como cirujano).

Tampoco nos resulta ajena –por desgracia– la instalación de Andra Ursuta (Stoner, 2013), demasiado familiar con los horrores aún no olvidados (y esperemos que jamás) de Europa, ni las reinterpretaciones históricas de Gusmao & Paiva (Heraclitus Head, 2008) o Mona Hatoum (Hair Necklace, 1995), con sus formas de un falso y misterioso clasicismo anguloso, como si fuera el retrato de un ídolo africano, o un romántico collar de pelo humano.

El coqueteo artístico de Charles Ray (Viral Research, 1986) con la ciencia tampoco ha de ser materia de extrañeza. El arte, como la literatura (leed Moby-Dick de Melville o el capítulo 17 del famoso y centenario Ulysses de James Joyce), y lo científico parecen desde hace años enredados en una ósmosis similar a la que propone este artista.

Y casi vecinas nos resultan las indagaciones fluorescentes de Cerith Wyn Evans (In Girum Imus Nocte et Consumimur Igni, 1999) o Claire Fontaine (Ucciso inocente, 2006), que dan vida visual a un palíndromo latino o a una ejecución.

Qué decir de nuestra sociedad claustrofóbica, condenada a la puerta y al muro, a pesar de sus aperturas y su accesibilidad. Es el sentido que detecta uno en Bang-Bang Room, 1992, de Paul McCarthy, una instalación en la que uno solo penetra tras haberlo consultado con el celador…

He omitido durante toda la entrada la nacionalidad de los y las artistas que exponen. Y ello con el fin en mente de demostrar que no existe más nación o país, en el arte al menos, que el que se sella en el pasaporte de estos creadores cuando fluyen de un lado a otro del mundo. El mismo desparpajo con el que Lynette Yiadom-Boakye desafía el retrato occidental con sus personajes negros (como el que abre esta entrada, en Midnight, Cádiz, 2013, que por cierto no deja de traerme a la cabeza este sonido) debería fijarse en nuestra mirada, para que al menos los años que resten de existencia al mundo lo fuesen sin la falsedad y el convencionalismo.

Así que a los excelentes comisarios y comisarias del CAAC les digo que no, que no es extraña ni extranjera la maravilla una vez más expuesta en el antiguo monasterio cartujo.

Nota o guía:

Las obras de los diez artistas expuestos en la zona monumental del CAAC pueden contemplarse hasta el 8 de enero próximo, mientras que las de los veinte expuestas en el claustrón norte solo estarán hasta el 20 de noviembre.

Las fotos de la entrada son de mi Ofelia y mías.