No sabemos o no queremos saber donde están. Ni las calles que las acogen ni los que les dieron vida, muchas veces momentánea. Pero aquí figuran, con todas sus palabras, y en toda su color. Arte o latigazo, casi que da igual, siempre son expresión. Y, en medio de la vanidad de todo, no siempre vana.

Náuseas de todo

nauseasdetododía

Spray azul intenso sobre el lienzo blanco que le presta la baranda agujereada del paso superior de la vía, siempre férrea. Estos son como puentes prestados, que piden permiso a los puentes de verdad para existir y no tienen otro río que un tren.

Él o la dejó plasmada una extensión de su sangre en esta oportuna pancarta, vertida en un azul vivísimo, artístico en sus eses –al fin y al cabo es la letra que más zigzaguea–, pleno en medio de su desolación.

Ingenia, en su desespero, una nueva doctrina:  el nauseapantoismo. El nihilismo tuvo su apóstol en Nietzsche , a quien la nada le terminó pareciendo dolorosa. Esta persona desciende del todo al casi vómito y con él o ella sólo nos queda mirar al cielo –también de un azul encendido.  Y esperar.  Acaso que el todo se disuelva, como las nubecillas de la izquierda.

Efectivo lo fue, en su impacto, porque los limpiadores no tardaron mucho más de un día en emborrizarlo de blanco perpetuo. De nuevo.

Deseamos, en todo caso, que esto no sea una carta. Ni el tren que se finge abajo río un destino.

Mi vida es bella…

mividaesbella

No es difícil la rima. Lo difícil es llegar al instante pleno en que un spray extrañamente negro canta las virtudes de la felicidad sobre la pared amarilla y húmeda de lo que ya se empieza a saborear. Estas palabras, conjuradas para el momento, velan el aprendizaje de ella o él, en la academia de arriba, donde el mundo anda enzarzado con sus oficios y sus dedicaciones transitorias.

Pero abajo las colillas y una hoja mínima de árbol son testigos de la silenciosa y de momento parece que perenne loa -los limpiadores son acá de un tono más simpático.

La felicidad tiene las dimensiones de un paseo en bicicleta, pero nos va la vida en cada pedalada. Mejor será espaciarlas y especiarlas un poco.

Esta expresión se hallaba a menos de cien metros de Náuseas de todo.

De todo korazón, con k de felicidad, seguimos deseando lo mejor: que esta pintada fuese del mismo autor que la primera.

Y posterior.

Caballo de paz

caballodecolor

Este caballo se zafó de su lid, de la malla marcial de su arrebato, y campó por los cantones del primer sol de noviembre. Zafios los rayos de luz quisieron competirle, pero se apaciguaron después con el venablo amoratado de su lanza. Este caballo, coloratado por una mano siempre niña, unido por el color al despertar del mundo, se queda entre los pastos de la fiesta. Ya no regresa, no, a la ensenada del dolor, a la llanura del dominio, al prado de la derrota. Se queda aquí, enarbolando risas, rematando alegrías, conquistando desmanes. Es caballo de paz, no de batalla.

Hay calles y calles…

callebecquer

En una ciudad al sur, bañada por un río, hay una calle Bécquer.

En otra ciudad, también al sur, bañada por el mar, hay otra calle Bécquer.

Y yo, que siempre doy en pensar que las dos son distintas formas de no ser la calle Bécquer.

Este banco…

estebanco

Este banco no muerde. Cambió sus dientes por la forja de su amistad. Ya no roba, ya no es como otros que llevan su nombre y cotizan en bolsa. Da. Lo que rumie de sombra o de luz, lo que ofrezca (compañía, recuerdo, algún beso) en la bandeja de su herrumbre, porfiante con los días, con los meses, con los años. Este banco es asiento –que no consta. Este banco es apunte –en la libreta en blanco (ave recién posada en la mesa de las rodillas) de los futuros y el haré.

Este banco NO roba.

Y sólo cotiza, solo, en los bolsillos del ayer, en el faldón rozado de todas las memorias.

Agradezco la foto, captada y cedida por Carmen Moliz y Ángel Luis Lucendo.

 

La calle es un blog

politicosgenocidas  un día politicosgenocidas 2 otro día

Un día pasé por la calle aquella. Y la calle decía esto de acá a la izquierda –de la izquierda, del centro o de la derecha. La calle lo decía, simplemente.

Otro día pasé, por esa misma calle. Y una mano otra, de encarnada afirmación, había trazado un asentimiento, un grito, un yo, como quien prolongara el hilo del que cuelgan nuestras razones, nuestro vilo. Lamento acusador, sólo subordinado por la escala del tiempo y de la fuente, minucia tipográfica –pero la fuente es una: la que se pierde con hastío entre los nublos de la frente.

¿Las calles hablan?

No, las calles gritan.

Ayer dolor, y ya hoy un juego

titanic

Ayer, rasgadas las camisas y hecha cieno una ilusión cualquiera –la que fuera– junto a los astrolabios y las cornucopias. Ayer, difuminado el sueño en témpano, allá por donde Greenwich se hace fría constatación. Ayer, gemidos de la fulminación y estela del apartarse de esta vida, con su confeti de zapatos de pies distintos, de ciegas cofias, de joyas para nadie.

Hoy, volcada entre la fronda de la luz y de los árboles, cubierta nacida para el tropezón que no naufraga, fibra de caucho para la risa y el desdén del tiempo.

Hoy ya los niños, que menudean por su tripa, mullida, resbalosa, amiga.

Qué efímero y rodilla, pese al tronar, el infortunio. Cuánto tibia, y enhiesto, y crecimiento, para mejor, el rumor de los felices.

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