contema cincuenta y seis

Fanal de belleza alambicada, enredando la serie de nuestro devenir. Y ahora: ¿arracimarnos en la esfera o en el ángulo, vivir tal vez en la esquina o deambular en el margen, en la abundancia acaso del círculo? Nos domeñaron para el azul o el rojo intenso del cristal y apenas alcanzamos el verde o el ceniza, apenas dilatamos la intensidad del sol sobre un penacho del hierro o del bronce.

Si la lluvia cesó y dejó como su huella la lámina del agua, primero, y después del lodo, acá nos encontramos habitantes de la circulación aguamarina de las cosas, seres callados del destello y la umbría.

Los que simulan, unánimes en el color, mano o escudo, los que se declaran en letras bruñidas entre el estambre del odio o la luz del consejo, los que se coronan o son la llaga o el venablo del dios avivan como una llama más el secreto contado de oído a oído desde el principio de los tiempos.

Quienes frecuentan las mínimas parcelas, la tesela rumorosa de la cúspide, vecina de la ojiva y el musgo, ni siquiera conocen la ruina del quicio, el tránsito de los ocres inferiores, mínimos estertores del suelo hasta donde se hace vidrio, circunstancia más fina y más diáfana de la vida.

Quienes se prodigan en los rectángulos intermedios no saben de la prisa del culminar, del trance de ser elipse o la aspiración del ángulo apuntado hacia el cielo final, hacia la sustancia más vaga y por eso más cierta de la nada.

Nosotros, de un blanco cristalino, aún yacemos, tras el barro, esperando que una mano nos revele o un soplo nos adivine, capaces de lo traslúcido pero mudos todavía.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 26 de la segunda serie.