Otra de las entradas de Masticadores LAB, donde cada dos lunes venimos edificando un sitio la mar de hospitalario para poetas injustamente olvidados, negados o… inexistentes. Esta dedicada a José Luis Hidalgo, con una vida paralela a la de Trakl. Aquí podéis leerla en su casa original:

Se llamaba… José Luis Hidalgo  

MasticadoresLAB | Poetas (ellos y ellas) ocultos, en trance de olvido… o inexistentes

Se llamaba… José Luis Hidalgo

Ustedes, seres imberbes (en cualquiera de los dos sexos) ignoran que nosotros (este nosotros también quiere incluirlos) tuvimos un poeta gemelo del Georg Trakl  austriaco. Para que comprendan la tristeza de Trakl (que no, no es nuestro poeta de hoy a pesar de ser suicida) baste decirles que en plena Guerra del 14 al hombre le asignan un granero hasta arriba de heridos gravísimos. Aficionado a la farmacopea –boticario de hecho– tira de la cocaína tanto para curar a cuantos soldados puede como para curarse él mismo de la vida. En Nachts (digamos, ‘En la noche’) escribe:

El azul de mis ojos palidece en una noche así.
Y el oro rojo de mi corazón. Con qué quietud se consume la lámpara.
Tu capa azul envuelve al moribundo;
tu boca roja sella la oscuridad del amigo.

El George Trakl en lengua española bien pudiera llamarse José Luis Hidalgo. Parece que la crueldad se ceba especialmente con las almas (o lo que sean) sensibles, y a este poeta lo pusieron en 1938 a censar muertos de la Guerra Civil. También se vuelve, como el austriaco, un poeta cósmico, que se rebela junto a las estrellas contra el caos de la muerte, de todo lo que, a base de madurar, cesa o caduca, como en Después del amor:

El zumo de la noche me gotea
con racimos de estrellas en la cara,
y madura mi frente su luz triste,
como una fruta sola sin su rama.

Esa idea del fruto abandonado se encabrita varias veces en su poesía y, puesta a mezclarse, se une incluso a la imagen de un Dios olvidadizo o, a lo peor, demasiado atento, que se ceba en nuestro cultivo, como en cuatro maravillosas estrofas que nos recuerdan al mejor Hopkins  y que se titulan Estoy maduro:

Me ha calentado el sol ya tantos años
que pienso que mi entraña está madura
y has de bajar, Señor, para arrancarme,
con tus manos inmensas y desnudas.

No fueron necesarios ni la cocaína ni el suicidio en el caso de José Luis Hidalgo, también pintor, que murió de enfermedad pulmonar en 1947, con 27 años. Su influencia se sigue rastreando, a pesar de lo escaso y póstumo de su poesía, en el mejor Dámaso Alonso o en su amigo José Hierro.

 –Perdone, querido profesor, pero ha tenido un olvido considerable. No nos ha dicho, ni siquiera, en qué bando luchó en la guerra José Luis Hidalgo…

–Mire, quiérame o no, pero recuerde siempre que en la guerra, en todas las guerras, solo hay dos bandos: el de los vivos y el de los muertos. Y ahora, póngase la mascarilla, por favor.