Un simulacro | Y la costumbre del horror

Avanza julio, y con él esta pesadilla u obsesión de la guerra que fue o que fuimos. Los relatos de Casi la paz están escritos aquí, pero beben de otra literatura bélica. Desde que inicié este camino, hace varios veranos, mi interés se centró en otra cosa que ajustar cuentas, quería intuir miedos y empatizar con mis fantasmas. Este inédito que os sirvo aquí aborda el simulacro como una técnica de supervivencia, que acaso se convierte en una costumbre.

Al hombre, aunque era de los suyos, lo llevaban a la muerte, y a mí a alguno de sus afluentes. Era un oficial, pero la guerrera, completamente manchada de sangre, no dejaba ver las insignias ni el color del uniforme. Decía palabras, sin que pudiera saberse cuáles eran, improperios o juramentos. Un miliciano gritó, medio deforme por la mueca: ¿Algún médico? Yo les mentí y tuvieron que soltarme las amarras, sin quererlo. Hubo uno que escupió a un costado, pero con el deseo de alcanzarme la cara.

Apenas pude palparle las heridas. Eran tantas que casi era indiferente taponar el salidero mortal que se lo iba llevando. El hombre estaba aterido. Ahora que lo tenía frente a frente me daba cuenta de que sus palabras no eran sino temblores. Como pude, me vi haciendo el acto casi reflejo pero inédito de rasgar una camisa, tan sucia que provocaría una infección, aunque obturase la herida. Hacía gestos exactos, impecables, como si toda mi vida hubiera sido un médico. Me dieron, como a un avezado cirujano, la empuñadura rota de una bayoneta para que hiciera de torniquete.

Dejaron que reposara en el saliente de una fachada en ruinas, lo que tuvo que ser la casa de un peón caminero, como si descansara de una operación transcendente. El miliciano que gritó me ofrecía de su mano, sin dejarlo caer, un cigarrillo. Lo acepté, aunque tampoco fumara. Quise adivinar, en sus ojos hastiados tras el humo, la absurda pregunta sobre cómo se resolvería lo del oficial malherido, pero, finalmente, ni él la hizo ni yo la contesté.

No le dio tiempo a apretarme de nuevo las amarras y salió corriendo hacia un punto impredecible del horizonte, con toda la prisa del mundo. Volvimos a nuestra reata fatal, el oficial falazmente curado, entre dos milicianos voluntariados para la peligrosa, lenta marcha, y yo, el imposible médico. Dos acometidas soportamos, en nuestro moroso devenir, de fuego desde el cielo. Los milicianos, torpes muletas, se las arreglaban para que el oficial no volcase, a medias con esmero y con hartazgo. La bocamanga fulminada, negra de la detonación que estaba a punto de postrarlo, seguía derramando sangre, sin remedio.

Pero nadie venía a demandarme la impostura, ni siquiera mi libertad de manos débilmente atadas –ya era evidente que mi caminar era independiente de mis captores–. El tercer y definitivo arreón de las avionetas que parecían desprenderse, como frutos letales, de algún punto también incierto del racimo azul de la costa acabó con las esperanzas de la huida. El par de milicianos resolvió dejar al oficial en la cuneta, como una carga más. Al crepitar nuboso de la última carga de las ametralladoras siguió mi perspectiva –con la maroma o lo que fuese incólume a mis espaldas y toda la boca llena de polvo– de los ojos definitivamente cerrados de mi primer y único paciente.

Luego vino un silencio que nos hizo a todos los que yacíamos en el suelo estatuas de aquel trasegar interrumpido. Se oían palabras de rabia, de miedo, de fatalidad. Pero aquello era igualmente un silencio, una cesación que se iba haciendo infinita. Lejos estaba el par de milicianos que hicieron las veces de muletas, como estampados en la terquedad del paisaje, yo no sabía si muertos o vivos, y más lejos aún el miliciano que me agasajó con un tabaco ingrato, orugándose sobre la tierra tapizada de despojos.

Sobre mi nuca alguien volvió a vociferar, esta vez palabras de un inconfundible italiano. Yo apenas lo entendí. Yo apenas entendía nada, a esas alturas del asunto. Pero todo transcurrió así: los artilleros eran ahora mis captores. Mis amarras eran ahora el alma misma de mi liberación, el mejor de los salvoconductos. Los soldados se agrupaban en corros, sin orden aparente, envueltos en una momentánea felicidad, entregados a la vaharada de sus cigarrillos o a la burla postergada y ahora desatada del enemigo. Al fondo yacía otro de la misma compañía, suavemente vencido por una herida sangrante. Quizá un oficial. Y alguien que gritaba otra vez la necesidad de un médico. Y yo que suavemente descendía de nuevo al simulacro, mientras los camiones cargados avanzaban sin demora, sin pausa ya.

© félix molina, ‘Curado’, en Casi la paz, 2021