Antonio Machado | Un incierto sentido

Aquel hombre viejo, desdentado, en su sillón de felpa raída, le dio sensación de camino, de estar siempre caminando. Max Aub, ‘Campo de los almendros’

 

El camino pasó,
se precipita puerta
de llegadas y huidas
–la primavera vino
y Leonor se fue–.
Ahora tú eres la luz
de las cosas vencidas
–la misma luz untosa
de la luna que cerca
los muros de Baeza–,
cada paso es la zanja
que media entre una legua
y otra legua de recuerdos.

Vencimiento y camino,
la marcha es una sombra negra,
cernida sobre el crepúsculo
que amarillea la sangre.
No hay poeta ni versos,
tan solo –en el hondón–
las flores escarchadas
de los viejos cantares.
Y todo este destino, la derrota
de esta gente que vaga
por los campos.

Alguien que conocía
el infinito de tu causa,
un soldado borracho
de galerías y de soledades,
un alguien como tú,
ya puro paso,
te alcanzó,
como si fuera el fruto más extraño,
al final del racimo
de sus dedos,
las hojas de un cuaderno.
Ahí quieres cantar,
con renacida voz,
esa luz espectral,
mientras desfila,
de tu madre junto
a un sesgo de muletas
y de espanto,
o el cuerpo de esta niña
donde la vida halla una jaula.
Y todo, como olvidando,
lo comienzas:
“Esos días azules,
ese sol de la infancia…”

 

 

© félix molina, Un incierto sentido. Esta entrada, como las dedicadas a Miguel Hernández o Unamuno, se debe a la sección de ‘Un incierto sentido’ (pendiente de publicación) dedicada a casos desdichados que vienen a coincidir, por el episodio horroroso e injusto que sucede entre 1936 y 1939, con los poetas de expresión más feliz de la literatura española.
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