contema ciento veinte

Ya no sabían qué intentar. Pusieron todo su empeño con un laboratorio del café, que dividía en seis con biombos los seiscientos metros del local y recreaba con detalles de color, olor y hasta tacto (el sabor ya lo ponía el café) las bondades de Colombia, Brasil… En su afán, adoptaban hasta los ropajes de los nativos, y con el tiempo llegaron a la imitación de sus acentos, calcada directamente de lo que escuchaban en sus ratos libres en los compiladores de video.

No pudo ser. Probaron escarchándolo todo, hasta la conciencia: zumos, batidos, salsas, los propios cafés. El cliente pensaba en algo que pudiera escarcharse y en unos minutos lo tenía frente a él. Alguno llevó lociones o papillas. Era mágico todo lo que en el mundo podía rondar la sutileza de las escamas de hielo.

Tampoco. Se dedicaron a colorear burbujas, a personalizarlas con el retrato del cliente, que veía expandirse en el aire como un holograma– su rostro sonriente, al ritmo de una musiquilla, también de su gusto, que se iba disolviendo a su alrededor. Pasaron novios, divorciados, parejas que hacían cincuenta años. Gente que se acordaba de celebrar su cumpleaños. Domingueros de su propia vida. Todo volvió a ser, nuevamente, flor de un día.

Llevados por ese lema, se dedicaron a instilar perfumes de cada flor posible. No vendían colonia. Solo los efluvios de una flor: rosas, hortensias, magnolias, gardenias… pero también margaritas, cardo borriquero, borraja. Quien entraba no se llevaba un botecito, sino un olor. Pero no.

Al final se decidieron por vaciar la tienda. Desalojaron todo, biombos incluidos. Se pusieron su ropa más sencilla y más liviana –la que bastaba para no ir desnudos– y al siguiente día del último cierre abrieron como si nada. Precisamente como si nada. La gente los veía desfilar por la tienda absolutamente desocupada, con gestos que nada decían.

Y entraba.

© félix molina, Contemas, cuarta serie

Recomiendo las aclaraciones de esta entrada. Los contemas, cuya última publicación continuada fue la cifra (contema número ochenta y nueve), siguen una vida de versoprosa subterránea, pero emergerán a este rincón oscuro cada cierto tiempo, siguiendo las olas del azar o del capricho, con el número de serie que les corresponda. Al final de esta nueva cuarta serie aparecerán publicados en un libro de barro.

Esta entrada contiene el último de los contemas de la cuarta serie. En una próxima, hacia el final de año, aparecerán las instrucciones para hacerse con la serie entera.

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