Sagradas escrituras | Cuando escribir no es morir

En Sagradas escrituras, esa ‘costumbre’ (así llamo yo a los libros que escribo) que inicié hace mucho más de una década, hay un cuentito dedicado a Hölderlin. Pero sin nombrarlo, a la manera cernudiana. Fluye paralelamente a la inspiración del poema que le dedico en Los malditos poetas, que saldrá impreso pronto, si nos deja la pandemia. En la narración, el poeta, cercano al cielo, es también un loco impresentable. Siempre ha sido así, por más que nos empeñemos en sacar a alguno o a alguna de la charca con un premio. Solo nuestra lectura acabará salvándolos, como aquella escritura acabó salvándolos a ellos. Es ese el círculo virtuoso de la poesía.

Scardanelli

Para Ofelia, siempre luz


Was wir lieben, ist ein Schatten nur
F. H.

Desde los praditos que cercan el Neckar se le ven todas las mañanas las posaderas, pero dicen que es un poeta. Emmanuel y yo le tiramos piedras reposados en el verde, hasta que se le caen las sábanas y lo deja ver todo.
Por las noches se cuenta que es un espectáculo. Se pone a tirar velas encendidas desde la torre mientras habla, dando gritos, de los dioses griegos. Y canta, madre mía cómo canta. Menos mal que la torre del carpintero está alejada de cualquiera de las casas vecinas, porque no sería soportable. Si hay suficiente yerba seca surgen pequeños incendios en el prado y hay gente que, temerosa, saca cubos de agua del río y lo inunda todo de humaredas, mientras él parece que ya solo recita.


Pero Emmanuel se cansó, por las mañanas llegábamos tarde al instructor por culpa de él y su culo y tuve que asistir solo por la noche. Fue indescriptible. El río, oscurísimo, reflejaba las luminarias –cómo velas: ¡antorchas!– y los incendios eran mil. Yo mismo me uní a los que los apagaban, mientras su voz retumbaba por encima de nosotros. Alguien lo quiso acompañar, no se sabe desde dónde, con un violín. Todo parecía precipitarse, como un desastre, un meteorito o una tormenta. Luego calló y todo fueron murmullos.


Como quedé sorprendido, mucho más de lo que pensaba, me atreví a invitar a Anna. Le dije que la gente decía que era un poeta y eso la animó, mucho más que cualquier descripción mía. Yo soñaba con besarla.


Llegamos antes que nadie, yo quería contar con más tiempo para Anna, y apenas se advertía nada desde el ventanuco de la torre en que él se movía. Andurreamos por la orilla más umbrosa del río –yo con mi solo objetivo de abrazarla– y, de repente, vimos una sombra que se desplazaba lenta, atravesando las espadañas. Se sacudía las greñas, y apenas pudimos distinguir, bajo la sombra de las cejas boscosas, sus ojos. No parecía asustarse o sorprenderse de nuestras dos figuras. No reparó siquiera en Anna, bella como pocas. Seguía su rumbo.


Estuvimos un instante más en la orilla, junto a unos restos que había dejado de algún alimento, y el trozo de lienzo que le servía de envoltorio. Aquello nos desanimó para lo de la noche. Y no pude besarla.


Eso me enfadó durante un buen número de días y de meses con la torre y su inquilino. Emmanuel, ya recuperado de su cansancio, me propuso que pasáramos por la margen donde está la torre, una invitación también a las piedras y al jaleo. A mí, desde que vi aquel ceño, solo me animó la parte de recorrer en silencio el prado, donde ya estaban creciendo las primeras caléndulas. Estuvimos plantados frente al ventanal, entre los arbustos, todo el tiempo en que me comía un trozo de cecina. No apareció. Ya nunca más apareció.

Luego llegó –pleno– el verano, el instructor se fue unas semanas a su pueblo en la Selva Negra y nosotros dedicamos nuestro tiempo a las correrías y al abuso de la paciencia de nuestros tutores. A Anna no la vi desde que él se nos apareció en la orilla, junto a las espadañas. Emmanuel empezó unas clases de piano y de canto que lo apartaron de mí y del río. Yo lo recorría solo, de camino a casa, casi sin atreverme a mirar hacia arriba cuando me aproximaba a la torre.


Con el otoño, y de regreso a los afanes de cada cual, o a sus disgustos, yo ordenaba mis odiados libros en una mesa enorme que dejaba ver sus nudos de haya y que se hizo, precisamente, en la carpintería de la torre. Fue en el fondo húmedo de mi cartera vacía donde encontré el trozo sucio de lienzo en el que aquel, el de la torre, envolvía su comida. Y escritas en una de sus caras, ya casi borrosas, estaban estas letras:


Los hombres


Cuando pervive el hombre por sí mismo, y mira lo que le queda,
Hace de cada día un día distinto de los otros,
Se eleva entonces hacia ese destino postrero,
Fuera de la Naturaleza, inquebrantable.
Luego, como si estuviera solo en esa otra vida, contempla
Cómo la primavera es verde y el verano es amigo,
Hasta que se precipita en el otoño
Con esas nubes de ahí siempre flotando.

Humildemente,
Scardanelli

28 de julio de 1842

© félix molina, Sagradas escrituras (pendiente de publicación). El poema final traduce (o lo intenta) este de Hölderlin:

Der Mensch
Wenn aus sich lebt der Mensch und wenn sein Rest sich zeiget,
So ists, als wenn ein Tag sich Tagen unterscheidet,
Daß ausgezeichnet sich der Mensch zum Reste neiget,
Von der Natur getrennt und unbeneidet.

Als wie allein ist er im andern weiten Leben,
Wo rings der Frühling grünt, der Sommer freundlich weilet,
Bis daß das Jahr im Herbst hinunter eilet,
Und immerdar die Wolken uns umschweben.

mit Untertänigkeit
d. 28ten Juli 1842. Scardanelli.

Las ilustraciones son fotogramas de esta película casi invisionable, del mismo título que el relato. De vez en cuando la poesía le pone la zancadilla a la industria del cine y ocurren cosas como esta.

Los denominados ‘Poemas de la locura’ pueden leerse aquí, con varias introducciones deliciosas de la época y notas y traducción (bastante decente, bella incluso, de Txaro Santoro y José María Álvarez), que sale a pasear con la hermosa carabina del texto alemán de Hölderlin. Dos libritos pequeños, en edición bilingüe también, con toda la poesía suya (creo recordar que también de Poesía Hiperión), estaban siempre en todos mis sucesivos abrigos.

Me encanta este tipo de entradas, con un buen lote de referencias culturales (musicales incluso) sobre el poeta y su mundo: https://artandthoughts.fr/2013/05/25/friedrich-holderlin-scardanelli/. Con gusto la traduciría y la rebloguearía y vive Dios (que diría un personaje de El Quijote) que lo haré si me dejan las ocupaciones.

Hay por ahí un neurólogo, Dr. Ramírez-Bermúdez, que se encarga de decirnos aquí, con muy buen gusto, cuánto de loco estaba Hölderlin.