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Sigue de ‘Poe no ha muerto’ en enero

Continuamos con este folletín, que intercala las narraciones de un Poe resucitado y secuestrado tal Sherezade (seguro que ahora empatizamos más con él, por desgracia). Se nos revela un London más siniestro de lo que pensábamos. Poe –bastante cansado de su confinamiento, por creativo que sea…– nos cuenta sobre la muerte de un extraño artesano y conversa con el ingeniero.

 

London, que todo lo ve (‘Poe no ha muerto’, 21)

Escondido en lo más alto de su buhardilla, la que coronaba el edificio que se fue construyendo con sus patentes de ingeniero mercante (la autonomía de las calderas, la insumergibilidad de los mamparos de la sala de máquinas), Alexander London divisaba ahora, o más bien intuía –tras una cortina de espesa lluvia—, los pasos de su Marie Rogêt, en rápida retirada hacia la arteria central de Baltimore. O cómo su Mr. Valdemar luchaba entre la ventisca con la puerta que accedía al sótano donde escondía a Poe. Su Poe.

Con el tiempo se había hecho a poseer todo cuanto tocaba, con la imaginación o con su beneficencia. Suyas eran unas cuantas almas que menudeaban el fardo de la vida en un Baltimore hosco para quien no se subiera a su barco, o a otras tantas proas opulentas como la suya. Dos plantas de dipsómanos y dipsómanas, entre y veinte y veinticinco almas más, sincopaban como un jadeante metrónomo en esa tibia oscuridad en la que el ingeniero iba pasando bajo sus lentes de grosor mostrenco el infolio que le iba llegando de Poe…

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La máscara de la muerte blanca (‘Poe no ha muerto’, 22)

Al aprendiz de restaurador W. le gustaba la soledad de las capillas. No le importaba demorarse en sus tareas, puliendo zócalos y limando herramientas: todo lo compensaba el quedarse solo, iluminado por los hilos de luz que pendían de las vidrieras de la claraboya central, aletargado mientras discernía con un golpe de vista los labios, las orejas y los ojos de la estatuaria de santos que le acompañaba casi hasta el crepúsculo, como acariciando con su silencio de escayola la paz que recibía.

Dio en costumbres que mezclaban rutina y bizarría. Una vez que hubo aprendido a hacer piezas con yeso y alginato, empezó a realizar moldes tomando todo lo que tenía a su alcance: las propias herramientas, monedas que los beatones hacían rebosar en el cepillo, zapatos –viejos o nuevos–, restos humanos y animales… Todo lo manipulaba con la paciencia de un artesano y el corazón de un sádico. Había clausurado con un andamio una de las herraduras de la capilla y allí quiso instalar, con alguna osadía, el templo de su secreta afición…

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Poe, que todo lo escucha (‘Poe no ha muerto’, 23)
–Escribo mucho, Mr. London. Demasiado…

La voz de Poe ascendió, grave burbuja, por el conducto que penetraba las dos plantas de alcohólicos asistidos por el ingeniero que en aquel momento intentaban reunirse en el sueño. Las frazadas, de un disperso color grisáceo, eran testigos de ese intento; dormir era difícil sin un trago y con muchos pensamientos. Ignoraban que por una de las cañerías que atravesaban sus dormitorios transcurría un líquido que estaba salvando a un hombre del desastre. A Poe ni lo sospechaban en el sótano. Si alguien hubiera desistido de la compleja empresa de dormirse y acercara por un momento la oreja al orondo tubo de cobre habría escuchado:

–-… Y no sé si me gustaría continuar: me canso.

Las palabras fluían, encapsuladas en su mundo metálico, conquistando en su ascensión metros que se abstraían de estornudos, toses, esputos, maldiciones, rezos y delirios. Indemnes, llegaban al oído de London, dictando una mueca desdeñosa y la gravedad de otras palabras…

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