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Fernando Pessoa, poetas | n. 13 de junio de 1888

A veces no la voz propia, sino las que pensamos o soñamos propias son las más certeras. Fernando Pessoa, un paseante de sí mismo, puede que cansado de un formalismo que lo nutrió y en el que echó raíces y amigos (como el lúcido irremediable Sá-Carneiro), se inventa la rima del heterónimo, el solapamiento traslúcido u opaco (según la voluntad del poeta) de sus personas poéticas como modo de indagación creativa: así puede despertarse futurista y desarraigado, como Álvaro de Campos (el genial autor de Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra), atardecer tenuemente como el filosófico y desasosegado Bernardo Soares o acostarse serenamente clásico como Ricardo Reis.

Pessoa es, como el atormentado e inquietante Kafka, uno de esos fugitivos de la literatura, letalmente escarnecido por el amor y el trabajo burocrático, pero su fuga (sea en descapotable o en cuádriga) no consta de una sola persona (Pessoa, por cierto, es el nombre portugués de este concepto, lo que me costó atribuir al segundo apellido del poeta en mi adolescencia el carácter de un pseudónimo), sino de una multitud galopante, donde figuran los antedichos y una pléyade de escritores satélites –autores de cuentos filosófico-policiacos, de geniales pastiches de cartas ñoñas, hasta de ensayos…–. Toda una literatura.

Ángel Crespo y Pablo del Barco me enseñaron, con sus emocionadas traducciones de algunos de los heterónimos de Pessoa y sus sabidurías machadianas, que, en el fondo –aunque la forma sea clarividentemente dispersa—, cuando hablamos de Pessoa o de los diversos autores que no se llamaron Pessoa pero de alguna manera fueron él mismo estamos hablando del mismo río, de una suerte más de encaminarse hacia el mar queriendo ser un piélago de afluentes.

 

Nota heterónima:
Existen muchas aportaciones audiovisuales al enigma Pessoa, pero destaco esta de la UNED, escueta pero casi detectivesca, una sorpresita para lo que (equivocadamente) uno atribuye a una Universidad.

 

 

Las traducciones de poemas de Pessoa a otros idiomas que no son el español corren diversa suerte, pero por su afortunado título es destacable este volumen.
En el reciente poemario Ya la sombra (del que daremos cuenta este verano en fm|al), Felipe Benítez Reyes no puede dejar de escribir teniendo en la cabeza (y sospecho que en el corazón, o lo que sea) a Álvaro de Campos, en un apasionadamente desapasionado poema a la manera del heterónimo que comienza significativamente con el verso “Estoy cansado de sentir” y termina con otro que dice “…aunque quien sabe”.
Menos febril, en Los malditos poetas (de próxima aparición en Deculturas) le dedico con modestia un poema al propio Pessoa, imaginando un encuentro con el susodicho Álvaro de Campos, que aquí abajo transcribo.

 

FERNANDO PESSOA LLEGA TARDE A UNA CITA
CON ÁLVARO DE CAMPOS

 

Él es un hombre lento,
discursivo.
Un paseante.
Y Álvaro le espera
a bordo
de su descapotable.

 

Se miran con ojos
muy distintos:
Pessoa de poeta
conducido,
amante quizá de los callos
fríos que el otro no se come;
de Campos de poeta
conductor,
racional,
maquinista.

 

Al final, va y le espeta
que solo es una fábula,
un heterónimo.
Y el otro va y le suelta,
con relucientes labios,
eso mismo.

 

(De © félix molina, “Los malditos poetas”, 2018)

 

El volumen de literatura sobre la heteronímia de Pessoa es abrumador, pero me quedo con dos apuntes de colegas blogueros, este de “La audacia de Aquiles” y este otro, sencillo y claro, de donde no puedo dejar de extraer el siguiente mapita del universo heterónimo del poeta:

 

 

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