contema setenta y tres

para ella.

Dormir en casa de la abuela muerta y soñar con ella. Soñar como con la lengua de una música precisa, que va fijándola con exactitud a las paredes del sueño. Ella enharinando algo, retirando los desperdicios, remozando o sustituyendo, elevando o prolongando. Espectáculo del durmiente o espectadora, en el mismo sueño, de una cadena imaginaria de televisión, que proyecta sombras de una alegría, melodías perecederas. Abres los ojos y ya no está. Pero esto ocurre, solamente, en su casa.

Luego trascurren horas de cumplimiento feudal, propiedad de los de siempre, postergadoras. Y siempre te acompaña la sensación de que llegarás allí y soñarás allí. Con ella. Te tumbas, en cualquier sitio (pero de esa casa) y ella acude, con la propiedad de un fantasma pero sin serlo. Vaga por tu sueño, por su sueño, parece que ajena, con el brillo de un holograma pero entre sus brazos verdaderos de mujer. No hay quien la tumbe, te dices, mírala.

Como los años pasan y te vas acostumbrando al látigo, al ritmo de la noria laboral, ese lugar de ella ya es el afluente de algún río sin nombre, la jarcia de la molicie, el reposo sin más. Te hundes, siquiera sin almohada, en cualquier rincón, y se llega apenas sin notarla, ajustando esta u otra estera, domeñando tal o cual camisa. Quieres preguntarle por su presencia, porque a ti mismo te extraña, porque acaso tú mismo te sorprendes de que siempre ella sea precisamente allí, en su casa, entre un sueño. Pero jamás responde. Ofrece, a lo más, media docena de rosquillas o un jersey.

Hay un detalle: sus gestos son ya más gráciles, la ves navegar entre una y otra parte del sueño sin fatiga. Le interrogas sobre esa levedad, pero te devuelve un silencio con natas de arroz con leche. Sus manos van cociendo algo y tú sientes, incluso sabes, que son otra vez jóvenes, ciertas. Alguien te ha nombrado el soñador de su regreso a la juventud y a esa labor te encomiendas, alegremente, fluyente y fresco, como exprimido de un limón, el de esas cortezas. Quisieras descargarla de eso que ella parece cumplir con amor, con gusto quizá, de eso que, en el mundo, fuera de los sueños, siempre intentas hacer como ella, para tu fracaso.

Un día, otra vez en la casa, siempre en la casa de ella, te encaramas al sueño, pasas la primera tapia de su asunto, te presentas donde ella siempre aparece. Y, por primera vez, no está. Buscas en el sueño, como quien hurga en un bolsillo sin fondo. Recorres las avenidas sin plantitas, el tobogán tapizado de oscuridad, la compuerta donde se estrellan, una a una, las olas. Y despiertas. Y subes, sin saber cómo ni a dónde, la mirada. Y una mano, que es su mano, te limpia las primeras gotas de sudor, del susto, niño tú que has tenido la primera pesadilla.

© félix molina, del texto, y Humberto, de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema trece de la tercera serie.
Anuncios