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Man Ray | agosto, sus fotos, sus objetos, sus películas

Una mujer enjuga lágrimas redondas, mientras abre los ojos hacia el cielo (¿es hacia el cielo dónde los dirige? ¿Se desprende de ellas o es que quiere atraerlas?). Otra mujer, de espaldas, se proyecta instrumento de cuerda mientras gira elegantemente la cabeza hacia su izquierda.

 

La historia de las fotografías de Man Ray es también la de nuestras sorpresas y nuestros desconciertos. Antes de él la gente miraba las fotos; después de él, aprende a mirarse en ellas. Eso explosivo que rodea como una cinta de sombra el papel fotográfico nos persigue hasta el último recuerdo y hace un libro entero de una sola imagen. Lo suyo es rizar todas las veces posibles el rizo de aquello inscrito como lema en la cabeza de cada fotógrafo: Que tu objetivo capture la realidad. Sí, sí. Claro…

Este extrañamiento (que pervive para nuestra fortuna en fotógrafos de hoy como el inmenso Chema Madoz) lo lleva también con fruición al retrato. Man Ray dice retratar en 1930 a Miró, el pintor, pero en realidad da cuenta de un sabio que intenta cuadrar el universo con una cuerda o de un loco a pocos minutos de ahorcarse con ella.

 

En 1922 hace lo propio (o mejor, lo impropio) con Joyce, el novelista, y en secuencia: primero es la masa de una cabeza, volcada melancólicamente hacia lo profundo (aunque también, si pensamos en Joyce, podría estar simplemente mirándose el agujero de un zapato); más tarde hay dos retratos de Joyce en uno: el escritor pulcro, acorbatado, que mira con alguna confianza el horizonte sobre su bigote y tras sus gafas. Y su sombra, la ráfaga negra cerniéndose como un animal en la pared harinosa de quien acaba de escribir el Ulysses.

 

No nos dejó solo esa zozobra de su fotografía. De su época de amistad con Duchamp y Picabia, con dadaístas y surrealistas, es esta plancha con clavos, este Regalo que aspira no solo a quemar sino a perforar si es posible la famosa realidad.

 

También, en cine, esta ensoñación submarina de 1928 sobre un poema de Robert Desnos, poeta nacido con el siglo veinte y muerto de él (en un campo de concentración nazi, para más señas).

 

Nota desconcertada:

 

La icónica mujer-instrumento es también un homenaje (tomémoslo así) al pintor neoclásico Ingres y sus bañistas. Lo llamó El violín de Ingres.

 

Este documental sobre Man Ray de Javier Ballesteros y Sandra Galvañ es corto pero certero: