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Mary Shelley | novelista

Qué no se ha dicho ya sobre Mary Shelley en apenas la veintena de años en que hemos levantado los ojos de la fábula del monstruo para descubrir a una novelista precursora. Prefiero intentar esta breve ficción desacralizadora (forgive, Mary, wherever you are!).

Ha conseguido despistar a los enfurecidos y sus antorchas, jadeante va caminando por un sendero que arriba a un claro. Y allí está la carroza. Sube en el delgado estribo de atrás, que casi no soporta su peso. Calla. El ventanuco deja ver todo el asiento posterior, y su tapicería escarlata. Sube el cochero al pescante, con tos almendrosa y un capote que asusta. Él también tiene miedo, como los otros. Él también lo siente. Por eso sus manos quieren despegarse de ese miedo. Agarrarse a algo firme. Abrazarse a ello. Apretarlo. Estrujarlo.

Ella entra sin ceremonia alguna en el interior. Lleva un echarpe y un hatajo con libros y papeles, que desata sobre el asiento nada más entrar. Allí está escrito su nombre. Bueno, el de su creador. Él solo es el monstruo de aquella idea. El coche echa a andar.

Pasan por el lago donde la niña duerme, ahogada. Ella, tras el cristal empañado, lee con voz tres veces más grande que su cuerpo. Dice el nombre de su creador. Dice monstruo. Dice criatura.  Ríe. Llora. Saca la cabeza por una ventanilla lateral y se acerca cuanto puede a la oreja del cochero, le grita algo que no se adivina porque lo tapa el viento golpeando las hojas de la galería de álamos.

Él ve, sin cristal alguno que lo vele, sus cabellos. Bucles y cintas, de un lado para otro, hebras despeinadas. Los caballos se detienen. Se oye ahora solo el murmullo de los árboles y de la hierba alta. A lo lejos, ella busca el tronco más grueso y apartado y se acuclilla. Permanece un buen rato en esa posición.

Él aprovecha que el cochero fuma, tras los caballos, y abre –rompiéndola sin querer– la portezuela. Con mucha dificultad se acomoda en el asiento, rasgando la tapicería. La cabeza se aprieta contra el techo, que está a punto de ceder. Con el cuello doblado sigue mirándola, en su lejanía del árbol y su agachamiento. Luego ve cómo se levanta, esbelta, y ensaya unos gestos bajo su espalda. Se endereza y empieza a caminar hacia la carroza, primero con pasos muy lentos, moviendo de un lado a otro su vestido violáceo, como si fuera una espiga más del brezo. Después, acelera.

Él la espera en la contemplación, dentro de la cabina a punto de quebrarse. Con todo el miedo del mundo acurrucado en su corazón.

Nota monstruosa:

Hay otra visión de Frankenstein, tomada de Museo de bellas artes (sección ‘Cinemas’), aquí:

Escena junto al lago | félix molina (wordpress.com).

Y un contema dedicado a ello:

comunicado | félix molina (wordpress.com).