Calendario fm|al 2020

 

Tamara de Lempicka | mayo, sus pinturas

Este blog siempre ha gustado del epigonismo cubista más que del cubismo. Sé de la revolución que supuso Picasso casi con cualquiera de sus obras, pero paladeo mejor las elegantes insinuaciones de un Juan Gris o de una María Blanchard , jinetes para después de una batalla, que no tuvieron que vérselas con la dimensionalidad sino disfrutar de la paleta que la nueva tendencia expresiva les ofrecía. El arte del siglo XX está lleno de estos instantes en que se lanzan fuegos de artificio desde terrazas distintas, con apenas unos pocos años de distancia. Pero pocos se quedan después contemplando las posibilidades expresivas de cada cohete desde su buhardilla.

Entre estos sumilleres se encuentra esta pintora de tintes elitistas, pero con uno de los mejores cromatismos del siglo. De hecho, tan importante es en ella la geometría de elipses y medias circunferencias como la fuga de los ocres y los grises, que se apastelan para dar vida a criaturas tan glamurosas como indiferentes.

De agitada vida, no lo fueron menos las coartadas de su pulsión estética: pasó del retrato de una época, con total adhesión al art déco (como su Autorretrato en un Bugatti verde, arriba), a la conciencia humanista de Escape (1940), en plena II Guerra Mundial, o al vago surrealismo, un poco epatante, de Mano surrealista (1947).

En Tamara de Lempicka, no obstante, el estilema siempre sobrevive al estilo. Podría pintar bodegones, madonas o comedores de patatas. Pero la mujer que fue Tamara siempre acaba agazapándose en el filo mismo del lienzo, haciendo de la tela casi un espejo.

 

Tamara de Lempicka hubiera cumplido ayer 122 años. Más efectiva que las biografías al uso, resulta muy destacable esta novela gráfica de Virginie Greiner y Daphné Collignonque, que retrata a la pintora. La aseada televisión pública le dedica este reportaje, profundo en su brevedad.