contema setenta y ocho

El círculo se completa cuando llego a casa, de nuevo, y rompo todas las notas. Antes las he ido escribiendo mientras desayuno por última vez, mientras por última vez me froto los dientes, mientras como un final ensayo un gesto para despedirme del cormorán enjaulado. Luego, no dejan de ser las mismas las horas desde la ventana en alto del funicular, con hileras de coches como campos de arroz, con antenas deformes como espadañas. Su cambio, señor.

Mientras ando intento abrazarme a algo, pero todo me despide lentamente, sin azar. Los cláxones los sueño brisa sobre la hierba, el itinerario de los peces en el acuario de la oficina se me figura un nudo de plata sobre los pensamientos, vuelo sobre cada una de las notas escritas, sobre sus escondites en la casa, intentando corregirlas, enmendándolas para nada.

En el camino de vuelta, una bandada de pájaros, libre sobre el trozo de finca urbana que queda por construir, me vuelve a convencer de algo que va a ser, secretamente, sin sustancia, de la vida misma. Recorro el último laberinto de callejas como si me fuera la existencia en regresar pronto. Apago todas las luces que había dejado encendidas. Cierro los cajones. Recojo bien el agua que se desbordó y limpio los regueros de sangre. Acomodo correctamente mi cuerpo sobre el lomo de la bañera.

Debo de ser el único suicida que no deja notas tras de sí. O el primero que se arrepiente, una y otra vez.

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema dieciocho de la tercera serie.
Anuncios