contema cien

Para Ofelia

Así que me fui haciendo uno con mi silencio. Mis pasos también se hicieron más cortos. En la oficina o en mi casa no demandaba el lecho del asiento porque me era más querido el estar en pie, resistiendo. Luego empezó lo de las ramas en los brazos y las piernas, primero como una vellumbre que me invadió con brotes, para después ceder al crecimiento lento y callado, debajo de las mangas y las perneras.

Desistí de cualquier llamada al médico, no solo por lo extremo de la situación general, sino porque nunca me había encontrado mejor. Ahora todo mi alimento llegaba de la planta de los pies, del aire y su mecimiento superior obtuve la sonrisa de los días y la paz de las noches. Todo avanzaba, pese a mi detenimiento. Para mi nuevo principio escogí el jardincillo aquel donde nos conocimos.

Las primeras jornadas en la aparente soledad del jardín gozaba de la contemplación: casi nadie lo transitaba –sobre todo a partir de las normas más extremas–; yo solo te echaba de menos a ti, aunque las veces que te veía, vagarosa como un animalillo de una a otra parte, algo de mi savia debía de estar haciéndose sangre. En varias ocasiones intenté alcanzarte con mis ramas más crecidas. Y tú, Dafne imposible, siempre medio llorosa.

© del texto y la imagen, félix molina, Contemas, cuarta serie.

Recomiendo las aclaraciones de esta entrada. Los contemas, cuya última publicación continuada fue la cifra (contema número ochenta y nueve), siguen una vida de versoprosa subterránea, pero emergerán a este rincón oscuro cada cierto tiempo, siguiendo las olas del azar o del capricho, con el número de serie que les corresponda. Al final de esta nueva cuarta serie, aparecerán publicados en un libro de barro.