contema ciento seis

Bone of my bone thou art, and from thy state
Mine never shall be parted, bliss or woe.

Milton

Primero, quince minutos (y él cinco). Luego, veinte (y él diez). Llegué hasta treinta (y él hasta veinticinco). Hoy he decidido esperar hasta una hora antes, a ver si él se planta en los tres cuartos de adelanto. Pero la arboleda del parque no da para tanto juego de pasos ni demasiado tránsito para la mirada, por mucho que hayan podado los rosales y una nueva vidriera, al fondo, lo inquiete todo. Es esa hora además en que cierto velo de oscuridad se cierne sobre las cosas y embrutece a las estatuas y los gatos. Se oyen solo las monótonas plegarias de los que ya llegaron a su cita. Qué bien.

Paseo –me queda todavía una hora por delante– y la cabeza se me va al día de los treinta minutos de espera. Cuando llegó todo muy bien, pero… Pero luego una mano peluda y con las uñas negras que se arrascó el bolsillo para darme un kleenex que ya llevaba su tiempo fuera de la bolsita (será el orzuelo otra vez). Y todo igual de bien después, en ese después de cine y vuelta al parque y copa y besos y hasta otra. ¿Para cuándo? Un silencio voluminoso. Muy denso. Que se agolpaba en las calles como el agua en una manguera. Hasta dentro de dos semanas.

El tiempo que no pasa –me quedan casi cuarenta minutos más para lo de ahora– y yo enredándome en lo que ocurrió la vez que llegué veinte minutos antes. El enredo fue el nuestro entonces: nos asaltó, parece que a los dos, una idea rústica y allí mismo, en el pobre parque, nos abrazamos junto a un grutesco. Del abrazo al resto, y entonces esa como masa de pan atosigando mi lengua, esa asfixia que me dejaba sin aire pero que por vergüenza no podía evitar, esa anulación de mis dientes y hasta de mi úvula, eso de lo que me salvó la conjunción fantástica de la pelota de un niño y el mojón de un perro. Eso. Luego se disculpó y vino una buena cena. En el parque, para variar.

Hoy me quedan todavía diez minutos (él tiene cinco para ser más que puntual). Y yo rumiando la tarde o noche en que llegué diez antes que él. La primera. Era tal y como lo esperaba. Rotundo. Cierto. Bello. Pero allí mismo en el parque se me antojó una manzanita de esas de caramelo. La bobería de comérnosla los dos, como en una parodia macarrónica del Edén. Y en esto que me llamaste. Tú no sabías de la cita esta, te había plantado: queríamos comprarnos las dos un bonsái de magnolio y que tú cuidaras el mío y yo el tuyo. Algo así. Y entonces yo que te respondí –muy discreta– en el móvil, y él que agarró el palo de la manzana de un brillante escarlata, y la manzana que se despegó del palo, y el caramelo de un rojazo atronador que dio contra el suelo de albero de la glorieta, y él que recogió del suelo la manzanita, como un Adán chapucero y tramposo, y que volvió a colocarla en el palo, y que la limpió con otro de sus kleenex asquerosos, y que me la entregó otra vez radiante, cuando ya pensó que volvía a mirarle…

Así que ahora que faltan escasamente dos minutos, ahora que lo veo aletear por allá, junto a los rododendros, me retiro. Ya no espero más. Yo misma me expulso de este paraíso.

© del texto y la imagen, félix molina, Contemas, cuarta serie.

Recomiendo las aclaraciones de esta entrada. Los contemas, cuya última publicación continuada fue la cifra (contema número ochenta y nueve), siguen una vida de versoprosa subterránea, pero emergerán a este rincón oscuro cada cierto tiempo, siguiendo las olas del azar o del capricho, con el número de serie que les corresponda. Al final de esta nueva cuarta serie, aparecerán publicados en un libro de barro.