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Sigue de ‘Poe no ha muerto’ en noviembre  

Prosigue la escritura de Poe: una narrativa sobre un túmulo perdido en una cumbre (muy del gusto del ‘Poe de las naturalezas salvajes’). Una mujer que parece ser Marie Rôget y sus sentimientos (o presentimientos) por Poe. Y la historia de un extraño reflejo, como recién llegada del ‘Poe de las casas en ruinas’…

 

La última voluntad del señor de T. (‘Poe no ha muerto’, 15)

El señor de T. fue muy claro con su última voluntad: la dejó escrita en un pliego al pie de su tumba, en la cima más alta de T., la que coronaba todo su dominio, dentro de la cueva que le servía de sepulcro. Las palabras eran diáfanas, pero él las dejó todavía más claras, como escritas en mármol, en todas las cabezas de sus vasallos. No podría leerse el pliego hasta pasados cien años de su muerte. Un siglo de silencio sobre su legado, pues así quería garantizar la paz sobre sus herederos, dilatando la sombra de su generosidad sobre una centuria de respeto a su última disposición.

La cima, rodeada además de regiones lacustres, de páramos franceses donde la tristeza se agolpaba como sujeta por los robles y las nubes más bajas y oscuras de la comarca, no se prestaba a las visitas de sus descendientes, y durante casi un siglo se sucedieron generaciones de señores de T. que no alteraron la paz del sepulcro, más por sus temores que por observancia o por falta de ambición. Hubo señores de T. que se consagraron a las artes y otros a las ciencias. Hubo usureros y manirrotos. Hubo iluminados y necios. Pero ninguno hubo que embocase el desfiladero y se sumiese en millas de subida hasta alcanzar la cima que custodiaba el pliego […]

 

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Marie Rogêt te mira (‘Poe no ha muerto’, 16)

Al descender por las escaleras, la mujer que se parecía a Marie Rôget, la joven demacrada pero aún bella que leía con voz de té acanelado a London, advirtió un trozo raído de gabán amordazando uno de los pomos de la balaustrada. Confirmó además con el tacto el algodón lejano de la prenda, como si supiese del origen y la historia del trapo, y supo dónde dirigirse, por más que las horas y el cansancio le sugirieran el camino a casa. En el último descansillo se agachó para penetrar por un tramo abovedado que le conducía al sótano.

Se dejaba oír el discreto ruidillo de alguien que escribe. La luz abotargada de una vela (a Poe le gustaba conducirse por el reguero de la antigua iluminación) volcaba la sombra descomunal de quien escribía. Aquella Marie Rôget es lo primero que contempló desde su seguro observatorio de detrás de la cerradura, como en parodia de lo que Poe había estado haciendo poco antes, arriba, en la mansarda que el ingeniero utilizaba como salita de lectura. La oscura pelambrera le tapaba al poeta las orejas y simulaba un escarpado montículo, conquistado por la rebelde vegetación. Al final de la boquilla que conectaba al escritor con el hilo de araña de los conductos que hacían fluir el orinegro brebaje se adivinaba a un paciente succionador, acaso sumido en el delirio […]

 

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Alguien detrás (‘Poe no ha muerto’, 17)

Ustedes saben de lo sucesivo de la vida porque al recuerdo de un llanto infantil le siguen el de un abrazo, un abanico de sonrisas, una promesa, un empujón… Yo tengo a mi sombra y a este espejo, este que me ocupo de llevar conmigo desde que a mis once años lo encontrara en el solar que dejara un incendio de la Lloyd Street, donde después erigieron la sinagoga que parodiaba un templo griego. Yo mismo, con la fresa diamantada de mi padre –una vieja herramienta de orfebre– me encargué de hacer romas sus puntas, y con él indagaba en la noche las otras sombras, las que iban creciendo crepitantes a mis espaldas.

Al principio vivía en un almacén abandonado del cual mis padres supieron sacar un caserón con habitaciones amplias y altas paredes, perfectas para su decoración, pero también para la fantasmagoría cuando el sol dejaba de verse sobre las casas del barrio. Yo me adelantaba a mi miedo y sacaba de su funda de fieltro mi espejo, mientras terminaba mis oraciones frente a él. De la superstición hice una costumbre que salvó, por unos años, mi sueño […]

 

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Nota del re-editor: Por indicación muy acertada de Juan Re Crivello, todas las narrativas de Poe (sus ‘nuevos cuentos’) irán en cursiva, para distinguirlos aún más de la narración de los episodios en su sótano y alrededores de Baltimore.