La pesadilla sigue | En Europa

Prosigue esta obsesión que ha seguido azotándome durante el verano. Al menos me deja una cosecha de cuentos que puedo ofreceros. Sigue este.

Sobrevivió al campo. El día que entraron las tropas recorrió los oscuros barracones antes de abandonar el horror. Penetró en la habitación conocida de aquella casa anexa, la del oficial, aquella de donde, en las noches de luna, se colgaba ese tango que luego se derramaba por las literas infestadas de piojos. El fuego devoraba todo un ala, pero el bandoneón permanecía indemne, solo lo iluminaba el brillo de sus teclas –esa lámina de plata que había reflejado tanto, y tan malo–. Del Untersturmfürer alcanzó a ver el rostro que se quemaba, los ojos implorando una ayuda imposible, la mano alzándose en la sombra luminosa de las llamas.

Luego vagó por ciudades del sur, cerca de la Selva Negra. Sí, nunca abandonó Alemania. Se lo debía a sus padres, a sus abuelos, hasta a sus hermanos, ya todos polvo abandonado en las fosas, en los ríos, en el aire mismo que respiraba. Aferrado a su bandoneón cobraba mendrugos, latas, cigarrillos (que no fumaba y cambiaba por más mendrugos, y más latas) de los soldados de cuatro naciones. Seguía sobreviviendo, envuelto en la fumarola de su música, de ese caldo de tangos y boleros que lo seguía salvando, héroe misterioso de las sonrisas y los recuerdos del resto de supervivientes que lo rodeaban.

Lo vio por vez primera junto a la catedral de Friburgo. Nunca pudo asegurar si era él, el oficial al mando en el campo, el Untersturmfürer, su inopinado alumno, porque para su duda y la de todos la quemadura de la cara le tachaba el rostro, aunque el cuerpo y las manos, sobre todo las manos, esas manos insensatas e insensibles, eran las mismas.  Con la gravidez de unos dedos de aprendiz las veía desplazarse por los botones, mientras disimulaba sus errores con una demora del fuelle del instrumento. Pero aquello que intentaba interpretar le valía también para llevarse el pan a la boca, o los restos de una lata, o un cigarrillo.

Fue su maestro en las noches más duras que iniciaron ese año mil novecientos cuarenta y cinco. El instrumento de su aprendizaje fue el suyo, el mismo que le habían arrebatado en un simulacro de vestuario, donde uno de los capos de su misma estirpe judía se había apiadado de él, acaso porque recordaba su música en el gueto, porque seguía siendo parte de su diaria resistencia, y lo había reclutado para el comando que procesaba la muerte. Luego el Untersturmfürer se encaprichó con el extraño fuelle con botones y lengüetas, y quiso que el intérprete le enseñara precisamente en esas noches. La música volvía a fluir cuando él le arrebataba –tenía derecho a ello como profesor– el bandoneón y algo vago pero preciso que el aire traía y llevaba, un alimento que no era la sopa sucia ni el seudocafé, mantenía vivos por unas horas más a unos miles de hombres y mujeres, sumidos en la oscuridad de la fuerza y el miedo. 

¿Cómo se había hecho con otro instrumento? Pensó que acaso ya consiguió que le trajeran uno mientras era su prisionero, pero que le negaba el suyo, porque también era negarle su libertad y su vida. Lo imaginó arrastrándose por la única habitación con muebles del campo, entregado al latigazo de las quemaduras, salvando del fuego su cuerpo y el otro bandoneón. Así llegó a los arbotantes de la Münster Unserer Lieben Frau, a los muros de piedra gótica que lo cobijaban y eran también su escenario.

Su repertorio era el que le había enseñado, en aquellos días en que su ración se incrementaba con una taza de café verdadero y el pan blanco que había sobrado del desayuno del oficial y su familia. La cumparsita, el vals de las olas, el de la viuda alegre, la danza húngara… Todos los había adaptado él, en su cabeza, entre las rendijas del sol mustio del barracón. Con un cariño imposible en aquella circunstancia, había desenrollado cada melodía y cada ritmo hasta adaptarlos al vuelo gimiente del bandoneón. Y ahora el oficial, como si fueran trozos de una costra, desmenuzándolos entre el hambre y la vergüenza, parapetado en aquella quemadura gris que le alfombraba la cara, los iba entregando a un público desapasionado pero con el mínimo de alegría insuflada suficiente como para dejar caer en la gorra un mendrugo, parte de una lata de relleno de salchicha, una colilla.

Aquella noche de luna llena del primer verano en paz (o de su sucedáneo) él no quería aproximarse a los muros de la catedral. Fueron los sones de la cumparsita los que lo llevaron a arrimarse a él. El público de aquella plaza de Friburgo se encontró, por vez primera, con el profesor y su alumno. Idénticos abrigos de pelambre escarchada los vestían. Lo que en uno era la máscara de la quemadura, en otro era la de la barba y la suciedad todavía no aclarada del campo. Unas manos iguales se desplazaban por los botones y las lengüetas abriendo y cerrando con la prontitud precisa, la necesaria para que la válvula del tiempo sonara en unos escasos segundos acompasada con la del corazón o el recuerdo de cada cuál (un amor abandonado, una madre agonizante, una postal perdida para siempre). De repente, el músico que antes fue el oficial al mando de un campo de exterminio dudó lo justo para que un dedo frío y sucio se adelantase a otro; pero el intérprete que fue un esclavo, el que castigó sus dedos construyendo empalizadas que ahora en esta paz inerte parecerían  quiméricas, el que proyectaba en sus sueños, con los ojos abiertos, los botones del bandoneón en el techo de la litera, nunca lo tuvo más diáfano, sus dedos eran como las mariposas que se iban desprendiendo de los capullos terrosos de su miseria, su música era el único corazón de la plaza, ese al que tuvo que renunciar durante trescientas, cuatrocientas noches, y ahora se agolpaba en los rostros helados pero vivos, en las bocas hambrientas pero musitantes, en los ojos casi cerrados pero llenos de luz, en las manos alegres que ya no sabían qué, ni cómo buscarlo en los tristes abrigos para entregárselo.

© félix molina, Casi la paz, ‘La vieja Europa’