Un trance | la vida

Lo cierto es que yo bien pudiera haber dejado la galería hace mucho tiempo. Si se me hubiese presentado algún aliciente para ello. Una mujer, por ejemplo. Pero qué necesidad había de dejar la galería en ese caso, si estaba Julia. Bastaba con vernos un par de veces, con una naranjada por las mañanas y algo como un bistec por las noches, mientras el amor menudeaba en una de las salas del multicines (¡una distinta para cada día de la semana!), o en los lavabos. Qué me importan rumores y maledicencias. Ella es así.

Alguien dirá: y si un trabajo, si alguna ocupación. Pero lo cierto es que ya me he ocupado en casi todos los negocios de la galería. He vendido periódicos en la zona de prensa y golosinas. Alguna vez despaché cervezas o ron con cola en las barras más ocultas. También ejercí de proyeccionista o de supervisor en los grandes almacenes. Con no poca ironía, casi con sarcasmo, se me achaca el diseño original del edificio, el ordenado dédalo de sus tentáculos. Tal infundio está muy cerca de ser mentira.

¿Y esas mínimas necesidades, esos requisitos que la vida impone, inopinadamente, bajo la forma de camas, mesas y toilettes? Minucias para alguien que conoce como su propia casa la galería: he dormido en las cómodas butacas del pequeño planetario, he escrito poemas y cartas, he rellenado formularios sobre las mesas especiosas del restaurante chino, no me ha faltado quien lave mis cabellos en la peluquería.

¿Qué edad puedo tener?  La única conciencia del tiempo es la que se me impone cuando consulto mi saldo en una de las terminales bancarias y una notita escueta, donde se imprimen días y horas, acompaña a unos cuantos billetes. Lo mínimo y necesario para seguir en la galería.

Solo una salida –si así puede llamarse– registra este acontecer mío en la galería. El motivo que la propició se ha repetido varias veces (muchas acaso) desde entonces, pero en aquella precisa ocasión resultó, como en tantas primicias, único. Todo se precedía de un rumor suave, luego de un murmullo que no podía ser otra cosa que la estampida humana. En uno de los arcos que se confunden en las salidas de la galería se apostaba la multitud, pelo y ropas mojados. Fue entonces cuando di unos pasos al frente –tímidos al principio, más veloces después– y solo, enmedio de la calle, puse los brazos en cruz y miré hacia el cielo, mientras unas minúsculas gotas casi hacían llorar a esos ojos profundos de los siete años.    

© félix molina. Es uno de los ‘Trances’ de La carne de burro no es transparente (1998), rescatado de la memoria de un ordenador y casi desconocido por mí, por eso no lo pongo en el Desván.