contema ciento dieciséis

No sé en qué mundo vive este hombre. Lo he visto en su negocio casi lunar, sazonado por una música bella pero pretérita. Abrazado a la sombra de su venta dulce y esponjosa. ¿Puedo meter en la misma bolsa todos los caramelos del mismo precio? El hombre no contesta, porque no quiere pronunciar un monosílabo de queroseno en la balsa de gelatina de su tienda. Solo mueve una cabeza afirmativa, envuelta en el papelillo de celofán encarnado de su sonrisa.

El tiempo no pasa allí. O es un tiempo noble, sin daño, aromado de regaliz y menta. Las horas, los minutos y los segundos son extraños subterfugios del tiempo, que se enredan en formas sinuosas y masticables. Hay satélites retorcibles, de goma muy elástica, en tarros de cristal que no saben de la crisis, de la guerra o de la enfermedad.

Perdone, pero no llevo suelto. Y el hombre ha pesado de menos mi mercancía, para que la ruina del dinero no sea una espita de incertidumbre, sosteniendo levemente el billete necesario. Yo le he agradecido todo, sin saber exactamente qué agradecía, pero con emoción. Y he abandonado el local como quien dejara atrás la vida de verdad.

Después, otro día, por la calle, he visto al hombre bajo la lluvia, adelgazado como una figurilla de Giacometti, y le he cruzado una mirada que él evita. Su mundo no es el nuestro. Qué difícil, su respirar.

© félix molina, Contemas, cuarta serie

Recomiendo las aclaraciones de esta entrada. Los contemas, cuya última publicación continuada fue la cifra (contema número ochenta y nueve), siguen una vida de versoprosa subterránea, pero emergerán a este rincón oscuro cada cierto tiempo, siguiendo las olas del azar o del capricho, con el número de serie que les corresponda. Al final de esta nueva cuarta serie, aparecerán publicados en un libro de barro.