Llegamos con el reblogueo de esta entrada al final de la serie sobre poetas olvidados (u obviados) en lengua española, que continuará si así lo quieren los amigos y amigas de Masticadores. Os dejo con una poeta más que recomendable. Es una injusticia poética que no figure en manuales, listas, listos y otras serie de agasajos. Cosa, una vez más, subsanable.

Pues sí, tenían ustedes razón, todos y todas, y hasta ahora no había en este glosario de desconocidos u olvidados (o ambos) ninguna poeta. Una mujer, quiero decir, por no decir eso de poetisa, que tiene siempre un aire feo de mariposa atravesada con un alfiler y pasada por alcanfor.

Y la que hoy toca es una poeta mayor, Teresa Gracia (1932-2001), una creadora que apenas les sonará (esa es la desgracia del asunto) pero que llega a un manejo del lenguaje vecino de la Generación del 27 (esa es su hermosura).

–Nos sentimos muy halagadas, querido profesor, pero ¿no exagera?

No, no, en nada exagero, mi querida alumna. Teresa es una de esas niñas de apenas ocho años que se alimentan del calor de la arena más fría de las playas francesas que acogen a los devastados exiliados republicanos de 1939. Consuela pensar –casi es un sueño de poeta– que mientras Machado (Don Antonio) agoniza junto a su madre en la frontera, ella, en la noche oscura de su infancia, está incubando esta maravilla:

…cuando enterramos,
escribiéndolas en la arena,
aún con vida las palabras,
esperando ante el mar que el silencio desembarque
y alguien venga a cortar las alambradas.

Sobrevive a tanta angostura, al calvario de los hoyos de arena, y parece que se acostumbrara a los corsés –como el soneto– para moldear en ellos la belleza de la lengua. No se muestra hostil al consuelo de la forma y cincela versos como los del Manifiesto contra el verso libre y cuarenta y tantos sonetos al soneto, que aparece publicado en 1998:

Nace el poeta con la mano herida
porque a ras de la palma le han cortado
el cordón en los dedos enredado
con que a su madre musa estuvo unida.

Pero se mueve en el papel caída
dejando siempre por el mismo lado
en filial obediencia a un dictado
la señal de que va perdiendo vida.

Sólo un brazo en el cuerpo la protege
y se la lleva al alma, cuna y tumba
donde entrará también cuando sucumba

el puño que en los versos entreteje
golpes contra el barrote de la pluma
que a la pena mayor, la cárcel suma.

Pero entre ambos instantes, el de Destierro (libro por el que la conocí, con prologazo de María Zambrano) y su apología del soneto, transcurren su interpretación de la Bérénice de Poe en este inquietante corto de Éric Rohmer –cuyo fotograma he colocado en la pizarra digital– y unas cuantas obras de teatro igualmente destacables (Las republicanas, Casas Viejas…), que ya se encargará de airear –espero– el homólogo teatral de este humilde profesor.

Como leí sobre ella (no recuerdo dónde, tengo mis limitaciones, queridas alumnas y alumnos), son cada vez más los lectores que están ampliando la sociedad secreta de quienes siguen estos escritos suyos tan arrebatados. Y quienes pensamos que la gracia de Teresa fue la del lenguaje, ese que la salvó de tanto y ahora puede salvarnos a nosotros. Y a nosotras.

Se puede acceder a la versión original de la entrada en Masticadores LAB aquí:

Se llamaba… Teresa Gracia