Una isla | doce meses

Con el tiempo el náufrago (como en un cuento de Alberto Martínez que he leído hace poco) disfruta de la playa y del paisaje y despide a los tripulantes que quieren salvarlo del hastío hasta con alegría. Más de siete años llevo ya lanzando botellas desde la isla de oscuridad querida, casi acariciada, de este blog. Y con la sorpresa de que encuentro quien las destapa y lee los mensajes –a veces en forma de cuento, otras de reseña o de poema– con parejo deslumbramiento al que los escribió. La botella llegó.

Lo confieso: la idea inicial del náufrago era colarse en alguno de los trasatlánticos que surcan las aguas ennegrecidas de la isla; pero, aunque esté feo decirlo por la imagen que trae de un  confort (o de su antigua hermana, la pereza) del que no se quiere salir, la isla –creedlo– es finalmente bella: encuentro en ella todo lo que me alimenta y lo que me protege. Y además lo genera de tal forma que diviso quienes desde otro navío u otra tierra de las que pisan también le sacan un color a esta luz de la que vivo. Objetivo cumplido.

El blog afronta (muy serio: disfruta) este año sus quinientas entradas y cerca de dos mil lucecitas que se encienden más allá de lo oscuro, por encima de las palmeras. Años llegan en que consigo encender la bengala de la publicación impresa (este año ya será el de Los malditos poetas, y veremos a ver si el de Un incierto sentido o Museo de bellas artes). Se truncó –de momento– la de Poe no ha muerto, sin culpa alguna de la emprendedora editorial Fleming del buen Juan Re, y sí de lo que respiramos cuando la mascarilla nos deja… Pero Poe sigue viviendo en estas páginas de ceros y unos que nos damos todos los días a la vista. Y no es poca vida.

El náufrago es cada vez es más renuente a dejarse llevar por otra cosa que no sea el ritmo de las olas y el levante o el poniente del sol. Pronto anunciará una renovación en la lectura de los Contemas, cuya cuarta serie (arriba el árbol de su cubierta) ya está en marcha, como crisálida. Las tres anteriores serán (ojalá pueda confirmarlo en breve) un solo libro impreso. Seguirá vaciando el agua de coco de Mis relatos favoritos (no me puedo quejar de mis subidas al árbol del año pasado) y frecuentando la lumbre que da sabor al pescado del Calendario fm|al, con casi cien piezas cobradas ya. En medio de todo ello, el náufrago quisiera vestirse con las pieles del cómic (cada vez encuentro más y más interés en esta forma expresiva, que fue el pedernal del blog) y las lecturas, visitas a exposiciones (aboleradamente: si nos dejan) y espectáculos (cine y teatro incluidos) de ahora mismo. También se alumbrará con luz de otros: en este caso con las Cartas desde América que hospitalariamente acogen los vecinos Masticadores: Dickinson, Melville, D. F. Wallace, Auster, Carver, Salinger… y otras ramas de idénticas espesuras.

Ahora es cualquier hora en una jornada del náufrago. Se despereza, mira el horizonte, agradece a todos y todas los que andan por ahí y deja deslizarse con mimo, sobre las aguas aún turbias pero pronto traslúcidas –seguro–, una nueva botella.

Nota escrita en la arena de la playa:

El náufrago, que no conoce la soledad, quisiera agradecer a quienes con ilusión y amor comparten con él la isla. Y en especial a la más querida de sus habitantes: Ofelia, luz sobre todo.