Cartas desde América, 9 | e. e. cummings

La novena carta americana se la dedico a un escritor que –minúsculas aparte– fue poeta mayúsculo. Y también enfermero y prisionero de guerra.

El prisionero orina y se aparta a la ventana, como para librarse del hedor propio. Y vuela con el paisaje, con todo aquello que se mueve tras las cuadrículas de los barrotes: la constelación sanguínea de las amapolas besando la celda, la revuelta de las madreselvas entre los muros, los lagos de fango que la luz nombra al pie de los árboles del patio, la sombra de las montañas proyectada sobre todo, como la espalda de un dios gigante.

Ha tirado la ración de ayer y ahora hace lo mismo con la de hoy. Sin embargo al verso de ayer sí se unió con ganas, y hasta con voluptuosidad, el pentámetro de hoy. Suma infinita del gas humano de la palabra que es todo el oxígeno del que escribe en la mente. Los sonidos lo envuelven como lanzas, se es el vertedero de cada cosa que no es poema. Intenta el sueño pero lo sacude una prosa informe, que va adelgazando sus pasos, haciendo más tenue sus contornos, desprendiendo sacos de arena para que vuele el único globo posible de una estrofa.

Llegan los otros, con la noche. Si hoy te libraste del trabajo forzado era para esta alucinación del inglés, para esta fantasmagoría de los verbos y los sujetos bañados en una capa dulce y parda de adjetivos. Nadie te lo reproche, pues esta luna solo a ti te atañe: ahora es el momento de visitarlo todo, otra vez, atado a su rayo. Te puedes demorar en el rocío leve de la hora, apuntalar cada florecimiento y cada altura, rogar al mismo tiempo que blasfemas.

Todo te está permitido en esa yarda tuya.

Por fin lo tienes claro:

la grandeza del cañón

es habilidosa,

mínima he visto

la voz enorme e inteligente de la muerte

oculta en una fragilidad

de amapolas…

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