Un libro | Un mundo nuevo

La memoria es injusta, y a veces cuando recoge mieses de cien en cien años se olvida del mejor cereal. Lo digo en un blog que celebra cada mes la escritura de Ulysses (eso es lo que celebramos, ni siquiera a un autor, sino todo lo que movió a y movió su novela). Pero que no tiene derecho poético –lo de la justicia ya vemos que no suele funcionar– a olvidar otros hitos del cuerpo y el alma (o lo que pueda ser) de la literatura y el arte que almorzamos y cenamos en cada día de hoy. Está en nuestra canasta básica de lectores y de espectadores lo de Joyce, pero también lo de Eliot en su Tierra baldía; o lo de Flaherty en Nanook, el esquimal; o lo de Murnau con Nosferatu. 1922 es un barco donde sacaron pasaje muchos tripulantes con modos tan novedosos de escrutar el horizonte de la vida y la expresión que incluso cien años después seguimos buscando lo que los explique.

Y Trilce, de Vallejo. Tardará mucho tiempo (¿otros cien?) en juntarse –si es que se juntan– otros miles de versos como se reunieron estos, en una argamasa tan alucinada como… familiar. Es fácil la encarnadura de vanguardia a partir de la distancia, del alejamiento. ¿Pero qué ocurre cuando la voz, esa voz que nos quiebra con lo nuevo, no es la del poeta de bisturí, el de la torre famosa, sino la del hermano César? ¿Qué se llama cuanto heriza nos?, dice Vallejo en el poema II de Trilce.

No lo sabemos, y ese sinnombre no nos suelta ya de la mano desde ese verso hasta dejarnos sin aire en el XXXIV, cuando descubrimos en esa ignorancia del moscardón que nos revienta la siesta de la vida nuestro dolor de siempre:

Y se acabó el diminutivo, para

mi mayoría en el dolor sin fin,

y nuestro haber nacido así sin causa.

Comparten por cierto Trilce y Ulysses el convertirse en dos obras donde lo físico toma ventaja a lo etéreo. Hablan del dolor (el de ser), cada una a su modo –la caminata cornuda de Bloom y la del lector perplejo y vertido en la voz de cada poema vallejiano–, pero nos recuerdan que ese dolor parte de la experiencia del cuerpo: encontramos al héroe de Joyce que se entretiene con sus uñas antes de la batalla diaria, pero también al sujeto-objeto de un poema XXVI, entre ave y persona, a quien

Las uñas aquellas dolían

retesando los propios dedos hospicios.

De entonces crecen ellas para adentro,

mueren para afuera,

y al medio ni van ni vienen,

ni van ni vienen.

La voz es la raíz. Ni la métrica, ni la rima, ni el encabalgamiento, ni siquiera el tema, que puede ser tan tradicional o tan manco como el mundo. Lo que sustenta todo el terremoto de Vallejo es la voz, el modo en que irrumpe en el poema y ya es, de repente… el poema mismo, como en LII:

Y nos levantaremos cuando se nos dé

la gana, aunque mamá toda claror

nos despierte con cantora

y linda cólera materna.

No encuentro mejor paralelo de ese fluir de la conciencia que se posa en cada estrofa inicial y que ya define todo el andamio poético, y que es el mismo que Joyce acuna en su novela, tras haberlo mamado de Dujardin o de Svevo (o si me apuráis hasta de Woolf). ¿Qué lector fue César de James y viceversa? No lo sabemos bien (filólogos recién nacidos: ancho es el campo ahí), pero las distancias son tan escasas entre las génesis del libro de poemas y de la novela –aunque estuviera París de por medio– que en este caso solo puede decirse que el poeta y el novelista respiraban el mismo aire. Y la misma necesidad de expresar sus respiraciones…

(Cierro por cierto la entrada y casi que me olvido del desayuno con magdalenas de otro centenario: ¡Ay, Proust!)

No puedo dejar de acordarme de este regalo de Ofelia de hace unas Navidades. Otro libro bello de Nórdica, con la edición de Víctor Fernández y las ilustraciones de Sara Morante, que me hace las veces siempre de Vallejo portátil. Maravilla.