Cartas desde América, 12 | Anne Sexton

La carta número 12 la dedico a Anne Sexton, una de las mejores poetas de la literatura norteamericana, con permiso de Emily Dickinson y Sylvia Plath. Nació tal día como ayer, en 1928. Y ya vivió para siempre. Esta prosa repasa las últimas horas de su muerte terrena.

Es un local reducido, pero por eso acogedor. Las dos fumamos. Llega una música espesa, de bajo de jazz, que se confunde con el humo. O el humo con la música. En poco podemos ponernos menos de acuerdo que en unos versos. Su disposición, cómo ocuparán la página, el tipo de las letras que les darán forma. Lo aplazamos todo siempre, para un después lleno de flores y de aroma. Saldrá en marzo.

Maxine paga pero no sé cómo me las arreglo que siempre acabo yo con el ticket en mi bolso. Es hábil para eso, como para tantas cosas. Luego queda el camino, el silencio, las puertas que se van abriendo, milagrosamente, hasta que llego a la puerta definitiva, la de mi casa. Un momento y dejo el garaje que acoge mi tristeza solo para ponerme el abrigo de Mam. Solo ese abrigo podría quitarme todo el frío que tengo. Solo la piel que tuvo vida podría cubrirme en esta hora. Recuerdo cuando lo compró, y yo que lo encontré tan feo, tan inoportuno. Quién iba a pensar que su momento era este, precisamente este. Someone brought me oranges in my despair / but I could not eat a one*… Sí, así mejor. Tal vez.

Tras horas de mi maquillaje ritual, regreso al garaje agarrada a la botella de Stolíchnaya. La que terminará por quitarme este frío glacial, esta oscura glaciación de todo. Ahí, tras la chapa de la puerta debe de andar el sol, nublándolo todo con sus rayos. Y aquí, como en el sacrificio de una extraña princesa, termino por quitarme mis anillos, los dejo en prenda de mí misma, en este altar de la guantera y del salpicadero.

Humo. Enciendo el motor y en la respiración del Cougar –qué brillo de estrella el de su piel escarlata– voy encontrando, poco a poco, esta asfixia mía. Qué ángel es este que solo me pide la oración de abandonarme, de no suceder. ¡Sylvia, qué hábil tú también, como Maxine, para todo! Para este todo con garras de nada que me hallará en la vieja piel de mi madre.  

Ya queda poco, y no, and gave the yellow daisy / to the crazy woman in the next bed**  no es un mal final. Nunca lo será.

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*Alguien trajo naranjas a mi desolación / pero no pude comer ni una sola.

** Y di la margarita amarilla / a la loca vecina de mi cama.

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