El árbol | Sławomir Mrożek, 2003

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Los lectores de biblioteca pública (y nosotros, Ofelia y yo, lo somos, desde hace un buen tiempo) cuando no encontramos novedades a la vista solemos ser mucho animales de desplazar la mirada por los tejuelos de signaturas familiares –COR, BOR, JOY…– buscando entre lo antiguo o conocido la nueva lectura. Pero veces hay que nuestra atención se centra en exóticas siglas, que preceden a impronunciables apellidos, y por tanto a suculentas y desconocidas obras.

A Sławomir Mrożek, de lengua polaca, un espíritu libre de la literatura e incluso el cómic, lo he conocido gracias a este azaroso trance –leer en una biblioteca ajena o mejor común es también seguir el azar– de encontrarme frente a su inquietante MRO y después descubrir su librito de cuentos, traducido como El árbol por Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles (pareja de traductores que son como ángeles para los que quieran conocer la literatura polaca).

A veces la distancia de una lengua puede implicar también la de los conceptos que transmite: la realidad, al fin y al cabo, que más o menos se transmita a los textos. No es este el caso, y de ahí mi felicitación anterior entre paréntesis. La gracia –y el toque punzante, como de púa de cactus– que pueda o no tener cada cuento nos llega fiel y pujante. Y sí, no todos los cuentos son afortunados. Pero qué deciros de los que sí lo son…

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 foto: posiblemente Humberto.

 

El cuento que da título al libro es una sátira veloz, al ritmo de los coches que circulan por la autopista. Pero me quedo con bromitas al estilo de El desarrollo, donde el ritmo lo imponen las cucarachas, que se agrupan para rememorar célebres obras pictóricas –sátira esta vez de los críticos de arte. Hamlet, continuando con el sagaz ataque a los críticos –esta vez los literarios– nos ofrece la sorpresa del príncipe de la calavera interpretado a varias voces, y a un mismo tiempo, como a coro. Una noche en un hotel  es, con perdón por el abuso y el anacronismo, contemático (un cuento breve, con traza minimalista de poema, al estilo de los contemas).  Política interior es un alegato y una alegoría en contra de las salvajadas de la política, donde toda conjura se inicia con el juguetito que un niño (hijo de alguien) le negase a otro (hijo de otro alguien). Las cuitas del joven Werther es uno de los cuentos más lúcidos dedicados al descerebramiento como madre de todo: nada menos –y en menos de una planilla– que una pandilla de naranjas mecánicas que apenas tocan los agujeros de una flauta y pretenden cobrar un cheque del director de una sala de conciertos.

Mención aparte merece el cuento algo más extenso El guardia en la montaña, escrito en ese tono misterioso de los narradores centroeuropeos y del Este, donde la acción se va soslayando en beneficio de un final que se prevé revelador, luminoso en este caso: algo que brilla, en la cima de una montaña, y va atrapando a cada uno de los personajes, como al lector.

Doy gracias al pequeño dios bibliotecario de los nombres impronunciables. Porque me enseñó un senderito que empieza ya para mí, para nosotros, con otras tres siglas familiares.

Nota cáustica: Un admirador de estas tres siglas, o del nombre y apellidos enteros de este autor, colocó un artefacto simpático en la red sobre uno de sus cuentos de La vida difícil, que enlazamos aquí (la “calidad” en configuración ha de ser al menos de 360p para poder leer el texto; la delicadeza de Listz se escucha igual de bien):