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Charles Baudelaire | n. 09.04.1821

En esa continua vuelta de tuerca que es la creación poética (viva la redundancia), Baudelaire es, lejano y cercano, islote y satélite, el necesario y bello principio de una nueva historia de la poesía que a lo mejor (o a lo peor, tacha según tu preferencia) sigue siendo la nuestra: se comenzó con aquello de la sacra imitación, aquel ut pictura poesis que entusiasmó a Horacio y a unos cuantos siglos de poetas recreadores de lo externo; de repente (o lo que es igual: unos diecinueve siglos y pico después) lo que priva es lo interno, hasta el regüeldo de la pequeña minucia sentimental, de la que bien nos libraron Heine o Bécquer.

Con Charles Baudelaire la importancia pasa al objeto poético mismo, que, de camino, puede ser todo: un gato, una cenefa, la luz que pasa por una gasa o el charco donde se hunde una sandalia. Hay preferencia por la distancia, por lo desconocido, por lo repulsivo o lo nocturno, por el aire que se cierne sobre todo y garantiza o arruina su destrucción o su equilibrio: por la hoja del cuchillo, por su brillo y, de paso, por su precisión. En Poe , Edgar Allan, encuentra un alma gemela trasatlántica, y se sume en su traducción como quien comparte un crimen.

Le faltaban metros (de los que miden la poesía) para avivar esa evanescencia, esa angustia creciente, a veces casi expresionista, y optó por liberar la prosa, al darle la anchura de las calles contaminadas por lo oscuro, pero también por el gas naciente de las farolas. En ese misterio se resume y consiste la poesía, vale decir, la misma vida:

El que desde afuera mira por una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol, siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En aquel agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, padece la vida.

(“Las ventanas”, XXXV, Poemas en prosa, versión de Enrique Díez-Canedo)

 

Nota nocturna:

 

La inspiración de ese (y tantos) poemas en prosa baudelaireanos yace (o vuela, tú verás) en el contema 38 (8 de la segunda serie).

 

Hay otros apuntes sobre Baudelaire en fm|al, además de la flor publicada, por ejemplo la traducción de su Canto de otoño. Y le presta alguno de sus muchos iconos –la foto de Carjat- a  Baúl del aire , el almacén creativo del blog.

 

Una ingeniosa revista virtual nos presta estos otros autorretratos del poeta:

 

 

Debussy prefiere retratarlo con su música en este clip con pinturas del no menos único Odilon Redon:

 

 

Y Agnès Varda lo apresa todo, fílmicamente, en este corto sobre cariátides, con música de Rameau y Offenbach:
Agnès Varda – Les dites cariatides (1984)

 

Entre las versiones de Baudelaire, aparte de la canónica de Díez-Canedo, prefiero la muy poética de Martínez Sarrión:
Las flores del mal por Antonio Martínez Sarrión

 

y alguna como la del viejo amigo Joaquín Negrón en Visor, pulcra, siempre frecuentada y recomendada.