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La noche. Una pesadilla | Guy de Maupassant, 1887

Lo que sucede cada día, y cada noche, ante nuestros ojos. Lo que se repite con la constancia del saludo pero también de la amenaza. Lo que se vierte en el contenido de lo cotidiano pero después es la sustancia de la pesadilla. Es el miedo que no rellena góticamente los espacios de la imaginación, sino el que abarrota la ausencia, el silencio, la quietud.

Tememos lo que está en nosotros, lo que se nutre del aire pesado de la culpa, y hay muchos ahogamientos en el Sena, muchos carruajes que portan en su interior exquisitos cadáveres, muchas calles que terminan en un reguero de sangre y un resplandor metálico en este cuentito de Maupassant, aunque el narrador no los mencione. La noche simplemente, esa que desfila con la rotundidad de lo usual y la pureza de lo contemplativo, es el monstruo, la bestia, el horror:

Devant le Crédit Lyonnais, un chien grogna. Je tournai par la rue de Grammont, je me perdis ; j’errai, puis je reconnus la Bourse aux grilles de fer qui l’entourent. Paris entier dormait, d’un sommeil profond, effrayant. Au loin pourtant un fiacre roulait, un seul fiacre, celui peut-être qui avait passé devant moi tout à l’heure. Je cherchais à le joindre, allant vers le bruit de ses roues, à travers les rues solitaires et noires, noires, noires comme la mort. 

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Como ya vislumbrara años antes en El horla, lo más terrorífico en Maupassant es la angustia de lo que se prefigura como normal para revelarse después como espantoso, alimentado por el ascua interna que la muerte serigrafiara en nosotros desde el nacimiento. En esta bandeja nos sirve también Cortázar tres cuartos de siglo después muchas de sus fábulas, islas que preceden la precipitación o árboles que preludian el crimen.  Para morir basta un ruidillo, / el de otro corazón al callarse… dice Aleixandre. O el del propio, añade Maupassant con este cuento.

La introducción de la Rapsodia española de Ravel no es ajena al ambiente del cuento

 

Nota generosa
Se agolpan, como los latidos en el pecho de la voz narradora, las versiones y ediciones de este cuento, pero me quedo con la hermosa y actual (como el miedo de Guy) de la elegante Nórdica Editorial, con  ilustraciones desasosegantes de Toño Benavides.
Para un vistazo urgente, está la ciberedición del tesoro de Luis López Nieves y el texto en francés para disfrutar de la prosa original.
El cuento ha propiciado bellezas de la animación como la que sigue:

 

Un cuento llama a otro cuento y aquí os ofrezco, de manera inédita en el blog, La ronda de noche, que se integrará en La carne de burro no es transparente, editada por Deculturas. La imagen de cubierta para la ocasión es del inefable Humberto, como la que encabeza esta entrada, titulada Castillo del monstruo.

 

 La ronda de noche

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