El desván de fm|al

Un compositor | El vals nº 2

El pasiego vio un rostro ancho, de mandíbulas apretadas, que se le aproximaba desde el cielo de panza de burra como un meteorito. Y luego la danza lenta del paracaídas sobre los cuerpos, el suyo y el de un hombre con las gafas que cubrían los ojos pequeños de un niño. Se sonrieron.

Lo siguiente es Dmitri Shostakóvich en el catre de una casona umbría rodeado de verde en cualesquiera de las ventanas que le estallaban a los ojos. No se había separado de su maleta con papeles, ahora manchados de un musguillo que los convertía en ensalada. Descansaba, al menos hasta la entrada de Demetrio.

–Ya tuvo suerte, ya, de toparse conmigo, aunque fuera la cosa tan potente, señor Dmitri. Usted me descansa aquí los días que fuera menester. El paracaídas ya está bien escondido, para que no lo vean los rojos, en la fuente, junto a la figurilla de la Patrona, a usted sí se lo puedo decir.

Dmitri sonreía sin cesar, o era que las gafas no dejaban de apretarle las sienes. O era, simplemente, el rictus de siempre. Entre el tanto alimento de aquel hombre y la sombra que se iba cerniendo sobre la casona, fue surgiendo la siesta, como el más frondoso de los árboles.

Le despertó el juego de una moza (así las llamaba Demetrio) sobre el tapete verde, junto a las mesas de piedra que dormían eternamente en un rellano de la montaña y la compañía solitaria de una vaca. Ningún sitio mejor que el agujero oscuro que lo acogía para observar aquellas evoluciones aéreas de la muchacha sobre los líquenes, un-dos-tres, un-dos-tres, un-dos-tres, yo-te-daré, te-daré-niñahermosa, te-daré-unacosa…

Luego Demetrio interrumpía, con el cuévano cargado de quesadas y sidra y una opulencia generosa, pero esta vez hosca, enturbiada, como charca a la que le tiraran un canto.

 –Tenga, señor Dmitri, que le aproveche. Va a ser cosa de que venga usted a la fiesta de la Patrona. Allí sí, allí sí que va a ver usted baile…

Nota suelta: tiro de Desván para publicar hoy, en el aniversario de su desaparición terrena, esta prosa de hace años (antes de la vida del blog) sobre Dmitri y su hechizante vals (ahí lo tenéis, al pie, toda una hora para vosotros y vosotras), motivado por el amigo tuitero Alejandro Mardjanian Petrosian. Guarda una pequeña historia personal porque creo que con ella inicié mi universo particular de troquelaciones. Formaba parte de una serie que inicié sobre compositores queridos, al estilo de las Cartas desde América.

Shostakóvich (cómo no) tiene otras presencias en este blog:

Shostakóvich, la música del miedo | félix molina (wordpress.com)