contema ochenta y uno

Para ustedes es fácil, solo un aplauso más.
Pero yo tengo que inventarme de nuevo en cada repetición.

 

Le hicieron saludar, enfrente de esa masa titilante que aplaudía, una, dos, tres veces. Lo acostumbrado. Eso se resolvía normalmente con algún nocturno de Chopin, acaso de los menos manoseados –daba un toque de élite al auditorio lleno de fervor–. Él aprovechaba para descansar la vista, negroblanqueada por las teclas incesantes, en alguien de su preferencia, de entre las primeras cuatro o cinco filas, en el límite donde los rostros se confunden con una línea de oscuridad sin mengua.

Su inclinación al borde de la tarima del escenario, primero discreta, luego hasta burda, daba paso a una marcha acelerada hasta el umbral mismo de las colgaduras donde los tramoyistas, siempre ajenos, recogían algo. Lo que fuese. Allí nuevos aplausos, más atronadores, más desquiciantes, más rotos, lo regresaban hasta la vereda de hombres y mujeres tapizados de negro que le indicaban, cada cual con su instrumento, el camino al cadalso donde el piano, de un azabache intenso, lo coronaba todo.

… … …

¿Cuánto se repitió la escena? ¿Quizá diez, veinte, treinta veces? El bucle era insoportable pero insalvable. La sucesión de piezas rozaba lo grotesco, porque se continuó con las romanzas de Brahms, pero desembocó en compositores de cuarta o quinta fila, con piezas ni siquiera pensadas o sentidas para el piano, recompuestas por intérpretes inauditos –alguna remitía casi a un pasado olvidable del pianista–. La vista, detrás de unas cuencas de ojos gastados, implorantes, apenas reposaba sobre la mancha que aplaudía sin cesar. Sin cesar. Su deseo primordial era caer al foso, desprenderse, acabar. Eliminarse.

Giró sobre sí mismo, como si su movimiento fuera una parodia de aquella repetición sin medida. Parecía, sí, que incluso caminar -–ya sin tan extrema velocidad— sobre el lado contrario al de todas las veces apuntaba a un resto de soberbia, a un tránsito de orgullo sobre la descarnada burla del aplauso. A un final.

Pero el giro solo preludió el ademán de una melodía casi imposible, sin asidero alguno a compositor o intérprete, y un caer desbocado, una inercia brusca, una cesación total -–el rostro amarrado con una impredecible mueca a las teclas, los faldones del chaqué como el fieltro lacio al que le sacasen los palos de una marioneta–.

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema veintiuno de la tercera serie.
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